Cuando el teléfono de la comisaría sonó, la junta ya estaba por terminar. Aun así, Gisela decidió esperar unos minutos más y concluir la reunión antes de contestar.
Pidió a su asistente que contactara de inmediato a los responsables del proyecto Conejita Aventurera para que aclararan la situación. Además, dio instrucciones al departamento de relaciones públicas para que emitieran un comunicado lo antes posible.
Al terminar la reunión, el resto del equipo se dispersó rápido para atender sus tareas, y Gisela se dispuso a devolver la llamada a la comisaría.
La llamada fue contestada casi de inmediato.
—Señorita Gisela.
—Sí, disculpe, estaba en una reunión y no pude responder antes. ¿En qué puedo ayudarles?
La voz del policía sonaba seria, sin titubeos.
—Señorita Gisela, respecto a los casos en los que usted y Saúl estuvieron involucrados, alguien se entregó voluntariamente.
Gisela se quedó en silencio unos segundos.
—¿Quién fue?
—Ricardo Navarro, hijo de Hernán Navarro. Es el mismo Hernán que usted conoce. Ricardo vino a entregarse y declaró que él fue quien orquestó todo.
Los ojos de Gisela reflejaron sorpresa. Se le marcó el ceño al tratar de digerir la noticia.
En su mente, repasó quién era Ricardo. Tardó un poco en recordarlo, pero sí, Ricardo era el hijo favorito de Hernán, y si nada inesperado ocurría, sería el heredero principal de su fortuna.
¿Ricardo? ¿Cómo era posible?
El policía continuó sin esperar respuesta.
—Le agradeceríamos que viniera a la comisaría. Aquí podremos explicarle todo mejor.
—Está bien —respondió, aunque la cabeza le daba vueltas.
Cuando estaba a punto de colgar, Gisela habló apresurada.
—¡Espere!
—¿Pasa algo?
Dudó unos instantes antes de preguntar:
—¿Ya le avisaron a Saúl?
—Un colega mío ya lo contactó. En un rato también vendrá para acá.

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