Era un hombre con una presencia impresionante, de esos que llaman la atención en cualquier lugar.
Gisela apretó los labios; aunque en la foto se veía bien, no podía evitar dudar si no sería solo apariencia digital.
El hombre se llamaba Patricio Quiroz, tenía veintinueve años y era originario de Ciudad de los Vientos. Sus padres eran empresarios, dueños de una empresa que cotizaba en bolsa y valía más de cien mil millones de pesos; en otras palabras, era un verdadero heredero de familia acomodada.
Patricio había estudiado una maestría en el extranjero, graduándose con honores, y ahora trabajaba como gerente general para la división latinoamericana de una de las quinientas empresas más grandes del mundo. Su compañía se especializaba en inversiones financieras y, por ahora, estaba radicado en Ciudad de los Vientos.
El perfil no especificaba su salario anual, pero según lo que sabía Gisela, con un puesto así, los ingresos de Patricio sumaban, al menos, más de cien millones de pesos.
Había mucha información sobre Patricio: que gozaba de buena salud, hacía ejercicio con frecuencia, era responsable... Gisela lo leyó todo a la ligera, sin tomarse la molestia de memorizar nada.
También le echó un vistazo rápido a los requisitos que el hombre tenía para su posible pareja, y, en general, eran lo mismo que pedían la mayoría de los hombres en ese tipo de perfiles.
Gisela apenas los leyó y dejó los papeles a un lado.
Aitana la vigilaba con atención, mirándola con recelo.
—¿De verdad leíste todo? ¿No lo hiciste demasiado rápido?
Gisela no contestó.
Luego se apoyó en la mesa y se levantó.
—Que sí lo leí, lo importante ya se me quedó. Ahora quiero dormir otro rato, avísame cuando sea hora de comer.
—Espera —la detuvo Aitana, tomándola del brazo y examinándola de arriba a abajo varias veces—. ¿No vas a arreglarte el pelo? ¿Ni vas a comprar ropa nueva?
Ese día, Gisela no tenía nada en la agenda ni debía ir a la oficina. Así que estaba como más le gustaba: cómoda, con el cabello apenas peinado y todavía en pijama.
Encogiéndose de hombros, quiso dar a entender que no veía el problema.
—Todavía es temprano, si hay que cambiarse, que sea hasta la noche, ¿no?
Aitana frunció el ceño, nada convencida.
—¿Y qué piensas ponerte?
Gisela sonrió con picardía.

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