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DESECHADA Y TRAICIONADA: AHORA SOY LA OBSESIÓN DEL MAGNATE R romance CENIZAS DE UNA ILUSIÓN

Pov Abril

Avanzo por el corredor con el regalo apretado contra el pecho y una sonrisa que me nace sola, de esas sonrisas tontas que una no puede controlar cuando está enamorada.

Hoy cumplo cinco años de casada con Enrique, cinco años al lado del único hombre que me hizo sentir que mi cuerpo nunca fue un problema, que mis curvas no eran algo de lo que debía avergonzarme. Pasé semanas buscando el reloj perfecto, y lo encontré; quería sorprenderlo antes de la cena, verlo abrir el estuche y escuchar esa risa suya que siempre me desarma.

Mientras camino, recuerdo la primera vez que entré a esta oficina. Enrique acababa de firmar su primer gran contrato y me abrazó tan fuerte que casi me deja sin aire. Brindamos con una botella de champaña y terminamos riéndonos, sobre el escritorio que elegimos juntos. Ese escritorio se convirtió en nuestro pequeño símbolo de victoria: cada vez que él cerraba un negocio importante, me llamaba para decirme que todo lo había logrado gracias a mí.

Por eso, cuando llego frente a la puerta de su despacho, mi corazón está lleno de gratitud. Levanto la mano para tocar, pero me detengo al escuchar una carcajada femenina.

Frunzo el ceño.

No es raro que Enrique tenga reuniones con mujeres; lo raro es el tono de esa risa. Es una risa baja, íntima, seguida por la de él, y algo dentro de mí se encoge de golpe. La puerta está entreabierta apenas unos centímetros. Me digo que estoy siendo absurda, que seguramente es una clienta importante, pero aun así doy un paso más y asomo la cabeza.

La pesada caja del regalo se me resbala de las manos sin que pueda evitarlo.

Cae al suelo con un golpe seco que ninguno de los dos dentro de la oficina llega a escuchar siquiera.

Enrique tiene a una mujer apoyada contra el escritorio, sujetándole la cintura con una urgencia que jamás conocí. La besa como si llevara años muriéndose por hacerlo, como si el mundo pudiera acabarse en el siguiente segundo. La mujer echa la cabeza hacia atrás y se ríe, y entonces la veo.

Rebeca.

Mi mejor amiga.

La mujer que recibió un cuarto en mi casa cuando no tenía dónde dormir. La misma por la que discutí con mis padres una y otra vez, defendiendo su nombre como si fuera mi hermana.

Recuerdo a mi madre diciendo: "Esa muchacha no te mira como amiga, Abril. Te mira como quien quiere tu vida." Yo me enfadaba, le decía que estaba siendo injusta, que Rebeca había sufrido demasiado con una madre alcohólica y un padre violento. Qué fácil fue engañarme.

Me cubro la boca con la mano para no hacer ruido. Siento que el pecho se me hunde, que alguien me está arrancando algo por dentro. Quiero apartar la mirada, pero no puedo. Mis ojos vuelven al escritorio y el recuerdo de aquella noche de celebración me golpea con una crueldad insoportable. Yo le ayudé a escoger esa madera, yo limpié la mancha de champaña que quedó en la esquina, yo creí que ese lugar guardaba uno de nuestros recuerdos más felices.

Ahora guarda mi humillación.

Rebeca pasa un dedo por la corbata de Enrique y se ríe con esa risa que tantas veces confundí con cariño.

—¿Y cuándo piensas divorciarte de esa gorda? —pregunta, sin el menor pudor—. Porque ya me cansé de verla pasearse por tu casa como si fuera la reina del mundo.

Enrique no se aparta de ella. Al contrario, le besa el cuello y responde con una calma que me hiela la sangre.

—Ten paciencia, amor. Muy pronto la dejaré en la calle.

La palabra amor me atraviesa como un cuchillo. Cinco años esperando escucharla con la misma devoción con la que él acaba de pronunciarla para otra mujer.

Rebeca suelta una carcajada.

—Te juro que ya no soporto ni un día más su cara de mártir. Se hace la víctima por cualquier estupidez; primero la niña con aquella leucemia que nos quitó el sueño, luego el maldito bebé que perdió en el embarazo... y todavía espera que todo el mundo le tenga lástima eterna. A veces pienso que esa mujer nació únicamente para arruinarte la existencia.

Mi mano baja sola hasta mi vientre.

Hace dos años exactos que perdí al hijo que creí esperábamos con ilusión, y recuerdo perfectamente a Rebeca pasando noches enteras sentada al pie de mi cama, sosteniéndome las manos cuando el llanto no me dejaba respirar. Me juraba que era una madre maravillosa, que el dolor sanaría y que mi pequeña Lorena me necesitaba fuerte y de pie. Cada una de esas lágrimas falsas regresa ahora convertida en un veneno espeso que me quema por dentro.

CENIZAS DE UNA ILUSIÓN 1

CENIZAS DE UNA ILUSIÓN 2

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