—El número que usted marcó no se encuentra disponible en este momento, por favor intén—
En la soledad del cementerio, Sofía Navarro colgó el teléfono, desilusionada.
Miró en silencio la foto de su hijo en la lápida, esa sonrisa congelada para siempre a los cuatro años, y sintió como si un cuchillo sin filo le desgarrara el corazón, lenta e incesantemente.
¿Por qué ni siquiera hoy... él no quería estar a su lado?
—Sofi, está lloviendo. No creo que Adrián y Valen vengan ya. ¿Quieres que te lleve a casa?
Carla Ramos, la mejor amiga de Sofía, se acercó a ella con un paraguas y le habló con cautela.
Llevaba más de dos horas de pie, esperando con Sofía a su esposo, Adrián Montoya, y a su hija, Valentina.
Pero ambas sabían que era una espera en vano.
El matrimonio de Adrián y Sofía era un acuerdo sin amor.
Una huérfana como Sofía, sin nada que ofrecer más que una cara bonita, jamás sería aceptada por la familia Montoya.
Y mucho menos podría captar la atención de un hombre como Adrián Montoya, un hombre tocado por la fortuna.
Además...
Todo Vallemar sabía que, en su juventud, el señor Montoya tuvo un amor por el que había arriesgado la vida, un amor grabado a fuego en su alma.
—Vete tú primero, quiero quedarme un rato más con Teo...
Tras un momento, la voz de Sofía sonó, apenas un susurro.
Se apartó del paraguas de Carla y se sentó junto a la lápida, acariciando la foto de su hijo.
Como si ese simple gesto pudiera acercarla más a él.
Carla puso los ojos en blanco, frustrada, pero aun así le dijo con suavidad: —Es el cumpleaños de una amiga y tengo que ir. Por favor, cuídate mucho.
Tras decir esto, le dejó un paraguas y se fue a toda prisa.
Adrián le había pedido que cuidara de Sofía, pero si ella no escuchaba razones, no había nada que pudiera hacer.
Sofía se quedó allí no sabía cuánto tiempo más. De repente, sintió un frío que le calaba los huesos y un dolor agudo en el estómago.
Era como un témpano de hielo, frío por dentro y por fuera, deslumbrante pero sin calidez.
Aun así, fue él quien le tendió la mano, sacándola a la fuerza de un abismo de miedo y soledad.
Desde ese momento, Adrián se convirtió en la luz que iluminaba su corazón.
En secreto, juró que haría cualquier cosa por estar a su lado.
Después de graduarse, Sofía entró a trabajar en el Grupo Montoya con la mejor calificación en su entrevista, y por fin pudo estar cerca de Adrián todos los días.
Pero a lo largo de los años, sin importar cuánto intentara acercarse a él, Adrián siempre mantuvo una distancia prudente.
Como si fueran familia, pero más distantes que extraños.
Como si fueran compañeros, pero capaces de volverse enemigos en cualquier momento.
Adrián parecía un ser que solo se regía por principios, desprovisto de emociones.
Pero una noche, hace cinco años, todo se rompió.

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