Adrián se quedó sin palabras. —Sofía.
—No me hables.
Sofía, algo irritada, hizo un gesto para que guardara silencio.
Al ver que la mujer no se inmutaba, Adrián se rindió.
En realidad no planeaba pedirle nada, solo estaba bromeando. Su reacción desmesurada, como si él fuera una bestia salvaje, le dejó un mal sabor de boca.
—Dame algunas de tus fichas —dijo finalmente Adrián, tras un largo silencio.
Sofía lo miró de reojo y no le hizo caso. Adrián se las quitó directamente, tomando cien mil en fichas.
—Adrián, ¿qué haces?
Antes de que Sofía terminara de hablar, el hombre ya se había alejado a grandes zancadas.
Lo vio acercarse a un grupo de personas reunidas en una esquina. Cuando regresó un rato después, sus manos estaban vacías.
Sofía lo miró con extrañeza. Adrián la tomó de la mano y la arrastró rápidamente hacia un callejón al otro lado de la calle.
En el callejón, varios hombres fumaban en cuclillas. Al ver que alguien se acercaba, se levantaron en actitud defensiva.
—Llévenme con su jefe. Quiero preguntar por alguien.
Tras decir esto, Adrián le hizo un gesto a Sofía para que les diera dinero. Aunque a ella no le hacía ninguna gracia, obedeció.
Sabía que Adrián no era de los que actuaban a la ligera. Era un hombre de negocios y nunca haría un trato desfavorable.
Pero a los dos hombres les pareció poca la primera tanda de fichas que les dio Sofía y le arrebataron un puñado. Con eso, casi la mitad de las fichas se habían ido.
Sofía contuvo el aliento, dolida, y fulminó con la mirada a Adrián.
A Adrián, por su parte, le divirtió ver a Sofía sufrir una pérdida, y una chispa de regocijo apareció en sus ojos.
—No te preocupes. Lo que fácil viene, fácil se va. Eres tan buena, ya lo recuperarás.

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