—Extiende la mano —ordenó el crupier con frialdad. Todas las miradas se clavaron en ella.
Sofía pareció no oírlo. Mantuvo las manos cerradas y no se movió.
Adrián frunció el ceño. Justo cuando estaban a punto de cambiar una carta, los habían detenido.
Ahora mismo, Sofía todavía tenía una carta en la mano.
Al ver que Sofía no respondía, dos hombres corpulentos y de aspecto rudo se acercaron. Uno de ellos intentó abrirle la mano a la fuerza.
—Esperen.
En el último momento, Adrián habló de repente.
—Es mi esposa. No me gusta que nadie la toque. Incluso si hay que verificar algo, debería hacerlo yo.
Cuando Adrián terminó de hablar, el hombre que estaba junto a Sofía miró al crupier en busca de instrucciones.
El crupier sonrió. A la vista de todos, aunque no fuera uno de los suyos quien hiciera la verificación, ¿acaso esa carta que la mujer apretaba en su mano podía desaparecer por arte de magia?
—Que lo haga él —dijo el crupier con voz más suave, haciendo un gesto cortés.
Los hombres que rodeaban a Sofía se apartaron y Adrián se levantó y se acercó a ella.
Se agachó, mirándola fijamente a los ojos.
La mirada de ella titubeó. Tragó saliva discretamente, su expresión indescifrable.
Adrián se arrodilló a medias, una sonrisa se dibujó en sus labios. —Te lo dije. Los que siempre ganan en el casino no acaban bien. ¿Ves? Tenía razón.
—Adrián… —Sofía hizo una pausa, su voz era lenta.
Parpadeó y, al ver el ceño fruncido de Adrián, pareció entender lo que tenía que decir. De repente, soltó una risa fría y, sin previo aviso, le dio una sonora bofetada que le giró la cara.
—¡Si yo caigo, tú te vienes conmigo! ¡No creas que vas a salir de aquí para irte de luna de miel con tu amante!

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