—No importa. Solo tenlo presente para el futuro. Entremos —dijo Fernando, suavizando un poco el tono.
Caminaron juntos hacia la entrada. De repente, Isabel rompió el silencio: —Yo no me parezco en nada a tu madre.
Sin embargo, no le exigió explicaciones de por qué le había mentido.
Fernando detuvo su andar. —¿A dónde quieres llegar con esto?
Isabel esbozó una sonrisa amarga y cargada de autodesprecio. —A nada. Tienes razón, fui una estúpida. Fui tan ingenua al creerme tus palabras. Para proteger a Camila, eres capaz de inventar cualquier mentira. Si tanto la amas, ¿por qué cambiaste de opinión y te niegas a darme el divorcio?
Fernando no respondió. Retomó su camino y entró a la villa sin mirar atrás.
Isabel se quedó observando su espalda, sintiendo cómo una punzada de dolor le atravesaba el pecho.
Sí, era una estúpida.
No tenía el poder para cambiar su situación con Fernando de la noche a la mañana.
En ese matrimonio, ella siempre tendría las de perder. Fernando jamás había tenido la intención de abrirle su corazón, y la mantenía en la oscuridad sobre demasiados secretos.
Y, aun así, con la más mínima muestra de afecto, ella volvía a caer en sus redes.
Tenía que encontrar la manera de acelerar su escape.
Al caer la noche, los invitados comenzaron a llegar a la Casona Montero. Fernando, fingiendo que todo estaba en perfecta armonía, se colocó junto a Isabel para recibirlos.
Casi todos los invitados estaban presentes, excepto la familia Cárdenas.
Conociéndolos, Isabel sabía que no dejarían pasar la oportunidad de asistir. Camila, en particular, moría de ganas por restregarle a todo el mundo que Fernando le pertenecía.
Quién sabe qué treta estarían planeando.
No le importaba. Hiciera lo que hiciera Camila, su único objetivo era arrebatarle a Fernando.

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