Sacrificio. Esa palabra simplemente no existía en el vocabulario de Fernando cuando se trataba de ella.
—Gracias por sus amables palabras, Don Ricardo.
El anciano insistió: —No te lo digo solo por consolarte o por defender a Fernando. El día del evento, cuando cenamos juntos, vi lo atento que era contigo. Y dime algo, ¿sabes por qué el Bufete Solís organizó ese concurso de oratoria legal?
—¿No era para reclutar y formar nuevos talentos? —respondió Isabel, aunque un destello de duda asomó en su voz.
Don Ricardo soltó una carcajada. —Mi niña, nuestra firma tiene un departamento de cazatalentos de primer nivel, y con nuestro prestigio y beneficios, jamás nos faltan candidatos. Fue Fernando quien me lo pidió. Me dijo que querías ejercer como abogada, pero temía que si él te conseguía un puesto en nuestra firma, lo rechazarías por orgullo. Me pidió organizar el evento para que pudieras entrar por tus propios méritos. ¡Incluso me sobornó regalándome un valioso reloj de colección que perteneció a su abuelo!
Las palabras de Don Ricardo cayeron sobre Isabel como un balde de agua fría.
Ella estaba convencida de que Fernando no quería que trabajara. Pensaba que había comprado Zamora y Asociados precisamente para arruinarle la carrera y dejarla sin opciones en todo San Jacinto.
¿Cómo era posible que él...?
Al ver la conmoción en el rostro de Isabel, Don Ricardo suspiró profundamente. —Mi esposa y yo hemos visto crecer a Fernando. Tuvo una infancia difícil y diferente a la de los demás, lo que lo hizo un hombre más reservado y frío. Asumió el control del Grupo Montero a los dieciocho años; tuvo que endurecerse muy rápido. Quizás no sepa decirte palabras románticas ni ser el esposo perfecto de las telenovelas, pero te aseguro que le importas muchísimo.
—¿De qué están hablando, Don Ricardo?
La voz profunda de Fernando resonó a sus espaldas.
Isabel levantó la vista y sus ojos chocaron de lleno con los de él.
Don Ricardo sonrió con picardía. —Le estaba contando a Isabel todo el esfuerzo que hiciste para conseguirle un buen trabajo a escondidas.
Un leve rastro de incomodidad cruzó el rostro de Fernando. Don Ricardo sabía perfectamente que él quería mantenerlo en secreto, no esperaba que la delatara tan rápido.

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