Sin más remedio, Isabel tomó sus papeles y regresó a su escritorio. Releyó su propuesta una y otra vez y, sinceramente, no le encontraba ningún fallo. ¿De verdad tenía que dejar de lado sus principios para "maximizar ganancias" como exigía la abogada Quintana?
Había un dicho que afirmaba que era preferible demoler diez templos antes que destruir un matrimonio. La conciliación era una herramienta perfectamente válida para un abogado, aunque la retribución económica fuera menor, cobrando apenas la tarifa básica de servicio.
Isabel sentía un nudo en el estómago; sabía que no podría actuar con el cinismo comercial que Laura exigía.
Abrumada por el dilema, decidió llamar a Javier para pedirle consejo.
Siendo nueva en el bufete y sin conocer a nadie de confianza, él era la única persona a la que podía acudir.
—Isabel, lo que te dijo la abogada Quintana es la pura verdad —suspiró Javier al otro lado de la línea—. Trabajamos en un bufete comercial y nuestra meta principal es generar ganancias. El sueldo y las comisiones de los abogados dependen directamente de eso. Además, la empresa no solo le paga a los socios, tenemos que mantener a todo el personal administrativo, y esos gastos no son ninguna broma.
—Javier... ¿tú te hiciste abogado solo para ganar dinero?
Al salir de la universidad, Isabel apenas había trabajado unos meses como asistente en una pequeña oficina, por lo que la cruda realidad de los grandes litigantes aún le resultaba ajena.
Si todo se reducía a sacar provecho del dolor ajeno, ella sentía que jamás encajaría en ese mundo.
—El dinero es un factor, claro. También lo hago porque me apasiona la profesión y, seamos honestos, porque algún día heredaré el imperio familiar. Cada abogado tiene sus propias motivaciones, pero la gran mayoría piensa en la rentabilidad. El cliente nos contrata para ejecutar un mandato, y nuestro deber es seguir sus instrucciones al pie de la letra. Sin embargo... si tú tienes una visión distinta, nadie te impide seguirla.
Esa última frase fue un bálsamo para el corazón de Isabel.
—Gracias, Javier.
—Pero ojo, ahora mismo eres asistente de Laura. El caso es suyo, la responsabilidad es suya y ella te está enseñando su método. Tú puedes tener tus principios, pero mientras estés aprendiendo bajo su sombra, tendrás que acatar sus directrices. Una vez que tengas tu licencia de abogada y tus propios clientes, podrás manejar tus casos exactamente como te dicte tu conciencia.
Esa respuesta le abrió los ojos de par en par a Isabel.
Javier tenía toda la razón. Laura le estaba haciendo un favor al enseñarle, y el caso, al final del día, le pertenecía a ella. Quien tomaba las decisiones finales era la jefa.
Podía rehacer el informe siguiendo las exigencias de Laura, pero guardaría su propia propuesta original como un valioso recordatorio de la clase de abogada que ella quería llegar a ser.
—Eres increíble, Javier. Muchísimas gracias, ya sé exactamente qué debo hacer.

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