—De acuerdo, nos vemos en El Mirador Dorado a la hora de la cena. Y tú pagas, ¿eh?
Fernando enarcó una ceja.
—Tú me invitas a salir y quieres que yo pague la cuenta.
—Teniendo a tu bellísima esposa trabajando en mi bufete, ¿no crees que te conviene tenerme contento para que la cuide bien?
—Por cierto, ¿no se suponía que tu abuelo te había mandado a la sucursal nueva en el norte de la ciudad?
—Así es. De hecho, el primer día de Isabel iba a ser en la sucursal del centro, pero alguien, y sospecho que a propósito, reveló su verdadera identidad frente a todo el mundo. Por suerte, mi abuelo estaba ahí, lo vio todo y se la trajo directamente a mi oficina.
Fernando frunció el ceño. Desde que se había casado, Isabel había mantenido un perfil sumamente bajo, asistiendo únicamente a eventos privados de la alta sociedad, como bodas o el bautizo de los niños.
En ese tipo de reuniones solo participaba la élite de San Jacinto. Era imposible que unos simples empleados de un bufete de abogados la reconocieran por casualidad.
—¿Cómo estuvo eso? Cuéntame los detalles.
Javier le relató la desafortunada escena tal y como su abuelo se la había contado.
Los ojos de Fernando se oscurecieron. Todo apuntaba a que Sara Solís todavía no se había rendido con él y estaba intentando jugarle sucio a su esposa.
—Dile a Sara que venga a cenar con nosotros esta noche. Y de paso, trae a Isabel cuando salgan del trabajo.
—¡Hecho!
De regreso a su escritorio, Isabel redactó un nuevo plan, esta vez priorizando maximizar las ganancias y exprimiendo la estrategia a partir de su segunda opción. Por fin logró entregarle un documento que dejó satisfecha a la abogada Quintana.
Laura le informó que la clienta iría a la oficina al día siguiente, y que la llevaría a la reunión para que aprendiera cómo llevar una negociación en la vida real.
Entre corregir el documento varias veces y preparar los anexos, el tiempo voló y llegó la hora de salida.
Javier le envió un mensaje pidiéndole que bajara al estacionamiento subterráneo, pues la estaba esperando.
Intrigada, Isabel bajó y lo vio a lo lejos haciéndole señas.
Al acercarse, Javier le abrió la puerta del copiloto como todo un caballero.
—¿Me vas a llevar a mi casa?

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