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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 257

El cuerpo de Fernando se tensó de golpe, quedando completamente paralizado.

Hacía muchísimo tiempo que Isabel no tomaba la iniciativa para acercarse a él con tanto afecto. Esa sensación de ser buscado voluntariamente por ella era tan embriagadora que olvidó por completo lo que estaba haciendo con el cuchillo.

Fue como si una corriente eléctrica, cálida y vibrante, recorriera cada centímetro de su ser, haciendo temblar su corazón.

Era una intensidad que jamás había experimentado, ni siquiera en sus mejores momentos con Camila.

¿Acaso esta reacción desmedida se debía a que con Isabel compartía una intimidad física plena que nunca tuvo con la otra? ¿O era porque, en lo más profundo de su ser, ambas mujeres ocupaban lugares drásticamente distintos?

Fernando no lograba comprenderse. Siempre había creído que lo que sentía por Camila era el verdadero amor, y que su reticencia a dejar ir a Isabel era solo un capricho o costumbre.

Apretó los dientes, conteniendo el torbellino en su pecho. Aunque las ollas en la estufa reclamaban su atención, se negó a moverse. Quería prolongar la sensación del cuerpo de su esposa pegado a su espalda el mayor tiempo posible.

Isabel apoyó la mejilla contra su ancha espalda y apretó un poco más el abrazo, entrelazando los dedos sobre su abdomen firme.

Desde el día en que se casó con Fernando Montero, jamás se había atrevido a abrirle su corazón por completo.

En el pasado, él siempre había sido una figura inalcanzable, un hombre inmerso en su mundo corporativo, cuyo corazón le pertenecía a otra mujer. El terror a ser rechazada y a que su amor fuera una molestia para él la había silenciado.

Amar a alguien en secreto te llena de inseguridades. Vives con el miedo constante de que el otro se dé cuenta, pero al mismo tiempo mueres de miedo de que nunca te corresponda.

Isabel abrigó la ingenua esperanza de que el roce diario hiciera que él se enamorara de ella. Planeaba confesarle todo cuando estuviera segura de sus sentimientos.

Pero entonces regresó Camila, y su frágil castillo de naipes se derrumbó. Isabel fue arrojada a la amarga realidad de su amor unilateral.

Aun hoy, después de tantas idas y venidas, no sabía exactamente qué eran.

Sabía que su destino seguía siendo el divorcio. Quedarse solo prolongaría la agonía. Y, sin embargo, su alma herida le rogaba una última concesión: quería tenerlo por completo, cuerpo y alma, al menos una vez en la vida.

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