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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 258

Isabel siguió su mirada. El cielo estaba teñido de nubes espectaculares, y el sol, en el punto exacto donde se fundía con el horizonte, había convertido el horizonte en un inmenso lienzo de tonos anaranjados y rojizos.

Una puesta de sol en altamar tiene una majestuosidad melancólica e incomparable.

Al notar el asombro en los ojos de ella, Fernando sugirió:

—Ven a la cubierta. La vista es mil veces mejor afuera.

—Déjame ayudarte a recoger los platos primero, luego salgo.

—Ve tú. Yo recojo, será rápido.

Ya estaba apilando la vajilla. Ante su insistencia de que podía hacerlo solo, Isabel asintió y salió a cubierta.

Se sentó en el piso de madera de la cubierta, abrazando sus rodillas. Frente a ella, el mar infinito reflejaba el fulgor escarlata del cielo.

La brisa fresca del atardecer la acarició, y la inmensidad del paisaje hizo que su corazón diera un vuelco. La naturaleza, en su estado más puro, era el mejor antídoto contra el dolor humano.

Sacó su celular y comenzó a grabar el espectáculo.

Al terminar, subió el video a sus estados. Escribió una frase corta para acompañarlo: *El atardecer es hermoso, pero fugaz*.

Al releer la palabra "fugaz", un nudo se le formó en la garganta. Todo lo hermoso a su alrededor, esta tregua perfecta con Fernando, era solo eso: un instante pasajero que pronto se desvanecería en la oscuridad.

En ese momento, notó que no tenía señal, así que guardó el borrador, bloqueó el teléfono y volvió a abrazar sus rodillas, perdiéndose en el vaivén de la luz sobre las olas.

Si toda esta magia hubiera ocurrido justo después de casarse, ¡qué distinto habría sido todo!

Quizás entonces habría tenido el valor de confesarle cuánto lo amaba.

Pero el ser humano aprende a protegerse. Después de recibir tantas heridas, Isabel había construido una fortaleza alrededor de su corazón.

Se había obligado a renunciar a él una y otra vez, sofocando cada chispa de esperanza con baldazos de cruda realidad.

Y aunque creía haber apagado por completo el fuego de la pasión, de vez en cuando, las brasas volvían a arder traicioneramente.

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