Cuando Isabel vio los cinco conjuntos completamente nuevos en el vestidor, se dio cuenta de que la sesión de fotos no había sido un capricho de última hora.
Al salir con el vestido de novia, los ojos de Fernando se iluminaron.
Después de que Isabel quemara las fotos que tenían en casa, él había contactado a un diseñador internacional de renombre para encargar un vestido hecho a mano, de la última colección, y lo había hecho enviar por vía aérea hasta Cancún.
Isabel era, sin lugar a dudas, la modelo perfecta para esa obra de arte. El vestido estaba bordado con quinientos veinte diamantes que destellaban con luz propia, haciendo que la piel de porcelana de su esposa luciera aún más radiante y translúcida.
En ese instante, Fernando sintió un deseo abrumador de organizar una verdadera boda para ella.
Mientras la arreglaban, el estilista le mencionó a Isabel el precio de la ropa. Las piezas más caras eran, por supuesto, el vestido de novia y el vestido tradicional de China Poblana.
Fernando había desembolsado una fortuna para esta sesión.
El corazón de Isabel era un torbellino. Alguna vez había escuchado a un experto en relaciones decir que "donde un hombre pone su dinero, pone su corazón", y que un hombre que te ama de verdad jamás escatima en gastos para ti.
Antes, ella creía firmemente en esa frase. Después de todo, Fernando siempre había derrochado dinero a manos llenas en Camila.
Pero ahora... que estuviera dispuesto a gastar en ella no significaba necesariamente que su corazón le perteneciera.
Para entonces, Fernando ya se había cambiado. Como iban a tomar fotos, también le habían arreglado el cabello. Su apariencia habitual ya era lo suficientemente imponente como para robar miradas, pero el esmoquin negro que llevaba le daba un aire de absoluta realeza.
Se acercó a ella, sacó sus anillos de matrimonio del bolsillo de su saco y, tomando la mano de Isabel con delicadeza, deslizó el anillo de oro en su dedo anular.

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