Apenas cruzaron la puerta, Javier dejó escapar un pesado suspiro.
—¿Aún estás frustrado por no haber encontrado a tu prima? —preguntó Fernando.
—Sí. Esta mañana, cuando le conté la noticia a mi abuela, ella se emocionó muchísimo. Pero al enterarse de que el médico dijo que fue un error, la desilusión la destrozó. Lloró por horas, repitiendo que el tiempo se les agota y que daría lo que fuera por poder abrazar a su verdadera nieta antes de partir.
Fernando guardó un silencio sepulcral antes de murmurar:
—Estoy seguro de que la encontrarán pronto.
Javier lo miró, intrigado por segunda vez.
—¿Por qué tienes tanta certeza de eso?
—Es solo un presentimiento.
Fernando esperaba que todos los engranajes encajaran perfectamente. Él mismo se encargaría de llevar a Isabel a la casa de los Solís para restituirle su lugar.
—Espero que tu instinto no se equivoque —suspiró Javier, anhelando que ese calvario terminara de una vez.
Mientras hablaban, Sara salió de la habitación con la excusa de ir a buscar los resultados médicos de Don Ricardo y alcanzó a escuchar parte de la conversación.
La revelación de que sus abuelos estaban buscando en secreto a la verdadera hija de la familia sin haberle mencionado una sola palabra la dejó paralizada. Y esa seguridad en las palabras de Fernando... ¿Acaso él sabía algo?
Una oscura sensación de pánico comenzó a apoderarse de Sara, quien aceleró el paso hacia la oficina del médico tratante de Don Ricardo.
Justo cuando iba a tocar la puerta, escuchó unas voces provenientes del interior.
—Ayer, la persona que trajo a Don Ricardo Solís al hospital le donó sangre en el camino, y él presentó una reacción violenta típica de una transfusión entre parientes consanguíneos. Lo que no entiendo es por qué el Director Benjamín me obligó a ocultarlo.
—Entonces los rumores son ciertos... la verdadera sangre de la familia Solís está allá afuera.
Sara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

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