De regreso a la habitación, Sara dejó los informes médicos y le dijo a Doña Eliana que tenía unos asuntos urgentes del bufete que atender. La anciana, sin sospechar nada, le permitió retirarse.
En cuanto estuvieron solas, Doña Eliana miró a Don Ricardo y le susurró:
—Nuestra Sara es una niña tan buena y tan dedicada a su carrera en el bufete. Ojalá fuera realmente de nuestra sangre.
—No importa si no lo es —respondió Don Ricardo—. La hemos criado todos estos años, para nosotros es como si fuera nuestra.
Los ancianos nunca habían hecho distinciones en su trato hacia Sara.
—Tienes razón, no hay diferencia. Además, cuando encontremos a nuestra verdadera nieta, ella ganará una hermana. Será maravilloso.
Don Ricardo suspiró pesadamente.
—¿Pero cuándo lograremos encontrarla?
Esa pregunta sumió a Doña Eliana en una profunda tristeza.
Mientras tanto, tras abandonar el hospital, Sara no tardó en conseguir el número telefónico de Camila y la llamó de inmediato.
—¿Hola? ¿Quién habla?
—Señorita Cárdenas, un placer. Soy Sara Solís.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué se le ofrece?
Camila recordó haberla visto en el hospital en una ocasión y sintió un atisbo de complejo de inferioridad, pues sabía que Sara la miraba por encima del hombro, considerándola indigna del amor de Fernando. Pero la realidad era otra: ahora Camila sabía que ella, por lo menos, era una Cárdenas, mientras que Sara no era más que una bastarda encubierta.
Sin embargo, por el momento, Sara podría resultarle útil.
—¿Tiene tiempo para vernos ahora mismo? —preguntó Sara.
—No puedo. Tengo una cita con Fernando —respondió Camila, presumiendo su estatus de forma deliberada.
Sara, manteniendo la voz fría y calculadora, soltó el cebo:
—Acabo de descubrir la verdadera identidad de Isabel. Si su secreto sale a la luz, le aseguro que Fernando jamás se divorciará de ella. ¿Le interesa saber de qué se trata?
Los ojos de Camila se abrieron de golpe.

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