Esa tarde, Camila ordenó a los empleados que prepararan un banquete espectacular. En cuanto la cena estuvo lista, les dio la noche libre para asegurarse de que nadie los molestara.
Fernando llegó puntual.
Camila lo condujo al comedor. Sobre la mesa, relucía un festín digno de la realeza.
—¿Todo esto lo hiciste tú?
—Así es, con mis propias manos.
Ella le indicó con un gesto elegante que tomara asiento.
Fernando suspiró.
—Camila, no tenías que tomarte tantas molestias. Perfectamente podíamos haber cenado en un restaurante.
—Ningún restaurante del mundo puede igualar el cariño con el que te preparé esto.
Camila ya había decantado un vino tinto de excelente cosecha. Le sirvió una copa y la colocó frente a él.
—Fernando, por mi salud no puedo tomar alcohol. Brindaré contigo con jugo de uva, ¿te parece bien?
Él asintió.
Sin embargo, no probó bocado. En lugar de eso, la miró fijamente y fue directo al grano.
—Camila, dime algo. ¿Qué es lo que más deseas en este momento?
Quería compensarla, darle cualquier cosa que estuviera en sus manos.
Las mejillas de Camila se ruborizaron y bajó la mirada con timidez.
—Fernando... llevamos tantos años juntos. ¿De verdad no sabes lo que quiero?
Él frunció el ceño. Sabía perfectamente que ella soñaba con casarse con él. Años atrás, él mismo lo había deseado. Pero las cosas habían cambiado. Su corazón le pertenecía a Isabel, y quería pasar el resto de sus días a su lado.

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