—Camila... perdóname.
Fernando nunca imaginó que, en el momento de ponerle fin a su relación, la culpa y la tristeza lo golpearían con tanta fuerza.
Los diez años que ella le había dedicado eran la flor de su juventud.
Todo ese tiempo, Camila había estado incondicionalmente a su lado.
Y ahora, para su propio horror, Fernando se estaba convirtiendo en la clase de canalla que siempre juró despreciar.
Su mente era un torbellino.
Por un lado, la simple idea de perder a Isabel lo aterrorizaba. Por el otro, el peso de su deuda con Camila lo asfixiaba.
¿Acaso se había convertido en uno de esos hombres miserables que querían tener a dos mujeres a la vez?
Había movido cielo y tierra para curar a Camila, soñando con el día en que pudieran ser felices para siempre. ¿Por qué su corazón había cambiado de rumbo?
Camila lo miró a los ojos, notando el conflicto y la pena en su mirada.
Él la había amado profundamente. Diez años bastaban para convertir el amor en un hábito arraigado, y las costumbres eran las más difíciles de romper.
Con voz dulce y rota, ella continuó:
—Fernando, la culpa fue mía por enfermarme de algo tan terrible. Durante años te desviviste por mi salud, mucho más de lo que hicieron mis propios padres. Sé que te casaste con ella para tener un hijo y usar el cordón umbilical para salvarme. Lo que nadie esperaba era que Isabel y yo no fuéramos hermanas de sangre...
—Eso ya no importa —la interrumpió él suavemente—. Encontramos a un donante compatible y tu cirugía fue un éxito.
—Lo sé. Pero me atormenta pensar que, por desesperación, te obligué a buscarla al creer que era mi hermana. Me arrepiento tanto de haberme precipitado... Si no hubiera apresurado las cosas, no te habría perdido para siempre. De solo pensarlo, se me desgarra el alma.
Camila rompió a llorar, sollozando con desconsuelo.
Rápidamente se limpió las lágrimas y, con una sonrisa trágica, alzó su copa por tercera vez.
—Perdóname, Fernando. No debí decir todo esto y hacerte sentir mal. Te prometo que no volveré a tocar el tema. Mi último brindis... es por tu felicidad futura.
Esta vez, Fernando no levantó su copa. En lugar de eso, se acercó a ella, la rodeó con sus brazos y la abrazó.
Fue un abrazo profundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario