Una sensación de muerte inminente invadió a Isabel. ¡No quería morir! No podía morir ahora, tenía que vivir por sus pequeños.
¡Debía buscar la forma de salvarse!
De inmediato encendió las luces intermitentes.
El conductor del auto que la seguía, al ver que se pasaba el semáforo en rojo con las intermitentes encendidas, intuyó que algo andaba terriblemente mal.
Aunque la ciudad estaba en silencio y el tráfico era escaso por la hora, seguían en pleno centro de San Jacinto.
El auto de Isabel era inconfundible; ese modelo de "La Única" había estado en todas las portadas de noticias y revistas. Leonardo Zamora la había reconocido mientras circulaba y, preocupado, decidió seguirla desde la casa de los Cárdenas.
Al ver la situación, marcó rápidamente el número de Isabel.
Como el teléfono estaba conectado al Bluetooth del auto, y ella iba aferrada al volante con terror, logró presionar el botón de respuesta en la pantalla.
—¡Isabel!
—¿Leonardo?
Antes de que pudiera asimilar su sorpresa, la voz apremiante de Leonardo resonó en la cabina.
—Te vi pasarte el semáforo con las luces de emergencia. ¿Tienes problemas con el auto?
—¡Los frenos no responden! —gritó Isabel con la voz quebrada por el pánico.
—¡¿Qué?!
El rostro de Leonardo palideció. ¿Cómo era posible?
Aunque las calles estaban vacías, a esa velocidad y en pleno casco urbano, un accidente fatal era inminente.
Sabiendo que el miedo extremo bloquearía la capacidad de reacción de Isabel, Leonardo intentó sonar lo más sereno posible para guiarla:
—Escúchame, ese auto es eléctrico. ¿Cuánta batería te marca el tablero?
—¡Dice que me alcanza para ciento cincuenta kilómetros más!
—Baja todas las ventanillas y enciende la calefacción al máximo. Eso consumirá la batería mucho más rápido. Y sobre todo, no toques el acelerador. La velocidad irá disminuyendo poco a poco. Yo buscaré la forma de frenarte desde atrás. Por lo que más quieras, concéntrate en esquivar cualquier cosa.

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