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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 310

—¿Quién? —preguntaron Javier y Andrés al unísono.

—Alguien a quien llamaba 'Leo'. No tengo idea de quién demonios es, pero mandé investigar y el único hombre de su entorno con ese nombre es Leonardo Zamora. ¡Me niego a que una mujer con la que me he acostado siga suspirando por otro tipo en su cama!

Fernando hizo una pausa y continuó:

—Así que cambié de estrategia. Decidí que iba a apoderarme de su mente y de su corazón, hasta arrancar a ese tal Leo de raíz.

—Fernando, ¿no crees que se te está yendo la mano? —comentó Javier, casi con reproche.

—Ella es mi mujer. Incluso si llegamos a divorciarnos, no tiene derecho a pensar en nadie más, y mucho menos en Leonardo. Su lugar es a mi lado.

En el video, Javier frunció el ceño y lo miró fijamente.

—Déjame entender... ¿toda esta fachada del esposo arrepentido y la negativa a firmar el divorcio es solo por un berrinche de tu orgullo herido?

—Probablemente...

Al terminar de ver el video, Isabel se sintió morir.

Fernando no la quería.

Lo único que no toleraba era que un "juguete" que él ya había usado se atreviera a pensar en otra persona.

Todo era por su egoísmo, por su enfermizo sentido de posesión. No quería perder contra un hombre como Leonardo, así que fingió ser bueno con ella.

¡Había caído redondita en su trampa!

¡Jugó con sus sentimientos de la manera más cruel y sádica posible!

Ella lo había amado durante once largos años. ¿Cuántas veces en la vida se puede entregar más de una década a una sola persona?

Cuando se casó con él, creyó que tocaba el cielo con las manos.

Y en apenas un año, él la arrastró hasta el fondo del infierno.

Antes de ese viaje, ella estaba tan decidida a dejarlo. Pero bastó con que él le mostrara un poco de cariño para que todas sus defensas se derrumbaran y le entregara su corazón de nuevo.

Pensó que el amor había regresado a su vida.

Pero todo, cada beso, cada palabra dulce, era un teatro diseñado para someterla.

Isabel quería golpearse a sí misma por ser tan estúpida. Se sentía patética y asqueada de su propia ingenuidad.

Había soportado la humillación de saber que él tenía un hijo con Camila. Había tragado bilis cuando él usó el nombre que ella había elegido para su bebé, en el hijo de la otra. Había perdonado todas y cada una de sus cicatrices, solo porque él le susurró que "ella sería la única".

Qué miserable fue al mendigar sus migajas de afecto.

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