Doña Sofía sabía que había un enorme problema entre ellos que necesitaban solucionar, pero se negó a salir. Si dejaba a Fernando a solas con ella estando tan alterado, podría lastimarla, y eso destruiría la relación para siempre.
—No hay nada que ustedes tengan que decirse que yo no pueda escuchar. Me quedo. No voy a permitir que te aproveches de su debilidad para intimidarla.
Fernando frunció el ceño, su paciencia al límite.
Pero la matriarca no retrocedió. Dio un paso al frente y trató de jalarlo de los hombros para apartarlo de Isabel.
La fuerza física de Fernando era muy superior. Ignoró los tirones de su abuela, inmovilizó a Isabel contra las sábanas y, con los ojos inyectados en sangre, le rugió a la cara:
—¡Contéstame! Vas a salir corriendo a verlo porque te salvó la vida... ¿¡o porque es el dichoso "Leo" de tus sueños!?
Isabel sintió una punzada helada.
Ahí estaba la prueba. Había escuchado sus palabras en sueños y, como el ególatra controlador que era, asumió de inmediato que su "Leo" era Leonardo Zamora.
Qué patético. Todo su teatro de arrepentimiento y cambio había sido exclusivamente para robarle el corazón y desplazar a otro hombre.
¡Era un monstruo manipulador y despreciable!
Con un rostro gélido e inexpresivo, Isabel le escupió las palabras:
—¿A ti qué te parece?
Los ojos de Fernando se oscurecieron como una tormenta.
—¿Entonces es verdad? ¿Él es el famoso "Leo" por el que suspiras en secreto?
—¡Sí, lo es!
Isabel soltó la mentira sin un solo titubeo.
Se negaba a darle la satisfacción de mostrarse vulnerable. Esta vez había sido humillada de la peor forma; si él quería creer que Leonardo era el dueño de su corazón, dejaría que lo creyera.
Tal vez así el golpe a su dignidad doliera un poco menos...
Además, si ese miserable llegara a enterarse de quién era el *verdadero* Leo, la situación sería millones de veces más bochornosa y retorcida.
Al oír su confesión, Fernando aflojó un poco el agarre por el impacto.
Isabel vio la brecha e intentó zafarse, pero él reaccionó rápido, empujándola de vuelta contra la cama con aún más fuerza.
—¡Si es así, entonces te juro por mi vida que jamás volverás a ponerle los ojos encima!
Doña Sofía estaba estupefacta. ¿Isabel enamorada de Leonardo Zamora? ¡Pero si cualquier ciego podía darse cuenta de que la pobre chica estaba perdidamente enamorada de Fernando!

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