Silvia miró con desconcierto a las dos mujeres desconocidas que acababan de entrar a su habitación y preguntó:
—¿Quiénes son ustedes?
Sara se adelantó a paso lento, se arrodilló directamente junto a la cama, le tomó las manos y exclamó:
—¡Mamá, soy tu verdadera hija!
El rostro de Silvia se congeló.
Doña Eliana sonrió con gentileza y explicó:
—Ella es Sara, mi nieta. Nos acabamos de enterar de que Isabel es, en realidad, mi nieta de sangre. Sara es una joven de buen corazón y quiso venir a conocer a su madre biológica. Aquí le trajimos unos presentes.
Al ver la elegancia de la anciana y de Sara, y al notar que los regalos que Doña Eliana sostenía parecían de gran valor, Silvia intuyó que venían de una familia muy poderosa. El pánico comenzó a apoderarse de ella.
Fijó la vista en Doña Eliana y preguntó, temblorosa:
—¿Viene a llevarse a Isabel?
—Así es. Es mi nieta biológica. Mi hijo y mi nuera fallecieron hace muchos años y no puedo permitir que mi sangre siga desamparada. Espero que pueda comprenderlo.
Doña Eliana dejó los obsequios sobre la mesa de noche.
Silvia soltó rápidamente las manos de Sara, con el rostro pálido por la angustia.
—¿Y ella...? ¿Isabel ya aceptó irse con ustedes?
Sara se apresuró a intervenir:
—La familia Solís es una de las más influyentes de San Jacinto, por supuesto que va a aceptar. Mamá, yo soy tu verdadera hija, ¿acaso no me quieres?


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