Al fin y al cabo, ella era su verdadera madre. Cualquier madre que se reencuentra con la hija que perdió hace años estaría desbordada de emoción y alegría. Pero Silvia, en cambio, no mostraba ni una pizca de entusiasmo, algo que a Sara le resultaba inconcebible y humillante.
Fue solo entonces cuando Silvia pareció notar verdaderamente su presencia.
—Levántate, no te quedes ahí arrodillada.
Su tono era tan frío como si le hablara a una perfecta extraña.
—Señora Silvia, de verdad aprecio su comprensión —intervino Doña Eliana—. Ha cuidado de Isabel todos estos años; por favor, dígame si hay algo que necesite. Haré todo lo que esté en mis manos para cumplirlo.
—No necesito nada. Su familia tiene una excelente posición. Estoy de acuerdo en que Isabel regrese con ustedes para ocupar el lugar que le corresponde. Lo único que les pido es que la traten bien.
Doña Eliana no esperaba que todo fluyera con tanta naturalidad. La falta de ambición de Silvia la hizo sentir incluso un poco avergonzada.
—En ese caso, no tengo palabras para agradecerle. Si alguna vez necesita cualquier cosa, no dude en decírmelo.
Doña Eliana se dispuso a marcharse, no sin antes agregar:
—Sara, quédate aquí un rato más para acompañar a tu madre. Debe sentirse muy sola en este hospital. Yo iré a prepararle el almuerzo a Isabel para traérselo.
—Abuela, si quieres te acompaño.
Sara no quería quedarse bajo ningún concepto. Sentía que no tenía absolutamente nada de qué hablar con alguien de un nivel tan inferior como Silvia.
Pero Doña Eliana sonrió y le dijo:
—No te preocupes por mí, puedo ir sola. Tu madre no te ha visto desde el día en que naciste, seguro te extraña muchísimo y tiene mil cosas que contarte. Quédate con ella un rato.
En cuanto Doña Eliana salió, el ambiente en la habitación se volvió tenso y gélido.
No hubo lágrimas, ni abrazos, ni la emoción de un reencuentro entre madre e hija.
Sara arrastró una silla y se sentó junto a la cabecera de la cama.
Había crecido rodeada de lujos en la familia Solís, acostumbrada a los mejores vestidos, la comida más exquisita y una educación de élite. Para ella, conversar con alguien como Silvia era un ejercicio fútil.

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