Isabel se negaba rotundamente a creer en sus palabras.
Si realmente fuera su hijo, ¿por qué había guardado silencio desde el principio? ¿Por qué esperar hasta estar acorralado para soltar semejante locura?
Todo era una trampa.
Fernando era el maestro de las mentiras.
Se prometió a sí misma no volver a confiar en él jamás.
Su crueldad no tenía límites; le había desgarrado el alma en mil pedazos y aún no parecía satisfecho.
¿Acaso su castigo por amarlo era esta tortura interminable? Si era así, estaba decidida a arrancar ese amor de su corazón.
—Si no me crees, hagamos una prueba de paternidad. Así comprobarás con tus propios ojos que es tu hijo.
—¿Una prueba de paternidad? ¡Tienes el descaro de mencionar una prueba de paternidad! ¿Se te olvida que las puedes falsificar a tu antojo? Ya lo hiciste una vez, ¿y esperas que vuelva a caer en tu trampa?
Fernando se quedó helado, apoyado contra la pared, consumido por la impotencia. Era evidente que, incluso si le ponía un certificado de ADN genuino en las manos, ella jamás le creería.
Nunca imaginó que el precio por haber alterado aquel primer documento sería que la mujer de su vida se negara a reconocer a su propio hijo.
Isabel se alejó rápidamente, cortando cualquier posibilidad de diálogo. Entró en su habitación, cerró la puerta con pestillo y se apoyó contra ella, deslizando la espalda por la madera mientras las palabras de Fernando resonaban como un eco tortuoso en su mente.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
¿Por qué él tenía que lastimarla de todas las formas posibles?
Fernando había creído que la amenaza de perder a sus hijos la mantendría atada a él, pero ahora comprendía la magnitud de su error. Su determinación por marcharse era absoluta. Sin embargo, no estaba dispuesto a dejarla ir.
Jamás le concedería el divorcio.
Con pasos pesados, abandonó el hospital y se dirigió a la clínica para llevarse a los tres niños de vuelta a Villa del Lago.
Si los niños ya no eran un motivo para retenerla, al menos no iba a permitir que sufriera por estar separada de ellos.
Encontraría la forma de demostrarle que el pequeño Ángel era sangre de su sangre.
Mientras tanto, Camila Cárdenas llegó al penthouse con la intención de ver a su supuesto hijo, Ángel. Pero al intentar abrir la puerta, descubrió que la contraseña había sido cambiada. Llamó de inmediato a la niñera y se enteró de que Fernando se había llevado al bebé a su casa.

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