Como familiar directo, Fernando acompañó al equipo de especialistas extranjeros al consultorio. Era la primera vez que se sentaba a escuchar los detalles técnicos sobre la condición de Silvia.
Cuando uno de los expertos mencionó que los pulmones de la paciente estaban severamente dañados por inhalación de humo, luciendo completamente ennegrecidos, Fernando no pudo ocultar su sorpresa. Hasta donde él sabía, Silvia no fumaba ni trabajaba en entornos industriales. ¿Cómo era posible que sus pulmones estuvieran en ese estado?
Tras escuchar las diferentes alternativas médicas y elegir el tratamiento más seguro, regresó a la habitación de su suegra.
—Silvia, el médico me comentó que sus pulmones están negros... ¿Cómo pasó eso?
Fernando sabía que padecía una enfermedad respiratoria grave, pero jamás había indagado en las causas.
Afortunadamente, Silvia ya estaba sobre aviso gracias a su reciente conversación con Isabel, por lo que ocultó la verdad con maestría.
—Hace muchos años, la casa donde vivíamos se incendió. Fue bastante aparatoso; todo ese humo me destruyó los pulmones.
—Con razón... —murmuró Fernando, atando los cabos sueltos.
—Así es.
Fernando no ahondó más en el tema. Tras hacerle compañía un rato más, se despidió para ir a ver cómo estaban los niños.
Desde que el pequeño Ángel se había recuperado de su enfermedad, su evolución era favorable, aunque seguía siendo notoriamente más frágil que Mateo y Gabriela, siendo incluso más pequeño que su hermano.
Ese mismo día, le daban el alta a Isabel. Doña Eliana, acompañada de Javier y Sara, llegó temprano al hospital para recogerla.
Doña Sofía tampoco quiso quedarse atrás. En cuanto la familia Solís apareció, ella también llegó a la habitación.

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