Ahora que Fernando había hecho pedazos el plan de negocios de Arturo, Don Augusto estaría aún menos dispuesto a revelarle el paradero de Adriana.
Además, por culpa de ese fracaso, Don Augusto había perdido la fe en Arturo. Quería usar a Andrés para comunicarse con Fernando y resolver la crisis del Grupo Serrano. Ya había acordado que Andrés fuera su heredero, dejando a Arturo fuera del juego.
La gente de Fernando ya había firmado los contratos pertinentes, y el Grupo Montero había inyectado capital en el proyecto del Grupo Serrano.
Ese mismo día, el Grupo Serrano ofrecería una rueda de prensa para anunciar la asociación con el Grupo Montero, salvando así sus acciones de la caída en picada.
Por ende, él ya conocía el paradero de Adriana.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.
Fernando enarcó una ceja. —¿No tienes ni un poquito de curiosidad por ver a Adriana?
Otra vez lo mismo.
—Si Adriana tiene la oportunidad, me contactará. Ni pienses que vas a usarla para chantajearme.
Isabel sentía una opresión en el pecho; parecía que a Fernando le encantaba hacer cosas para amargarle el día.
—No te estoy amenazando. Si logro que te reúnas con ella hoy mismo, ¿podrías tratarme al menos un poquito mejor?
Isabel miró a Fernando; su expresión no parecía mentir.
¿De verdad había encontrado a Adriana?
Isabel apretó los labios. —¿Solo quieres que te trate un poco mejor?
Dudaba que él solo pidiera algo tan simple; la confianza entre ellos era nula.
—Sí, un trato más cordial. Y que pases todo el día conmigo. A las diez de la noche te garantizo que podrás verla.
Isabel lo pensó dos veces. —¿Y aparte de eso, ninguna otra exigencia?
—Ninguna.
En verdad la extrañaba. Solo quería que ella le hiciera compañía.

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