Fernando no esperaba que la citación llegara tan pronto. Con ese documento en mano, el juicio empezaría en solo una semana.
Isabel sabía que era del juzgado. Haber estado presente mientras él lo recibía le causó una incomodidad indescriptible.
Sin embargo, Fernando no mostró ninguna reacción extraña.
Era algo que ya se esperaba.
Isabel tomó la iniciativa: —En este juicio, sin duda vas a perder. Sería mejor si firmamos el divorcio de mutuo acuerdo. Ahorraremos tiempo y esfuerzo. Solo quiero la custodia de mis hijos. Redactamos los papeles, firmamos y listo, cerramos el trámite.
—¿Tienes tanta prisa?
Fernando frunció el ceño, molesto.
—Tenga prisa o no, el resultado será el mismo.
Esta vez, no daría marcha atrás.
Fernando no quería soltarla; alargaría todo el proceso lo más que pudiera.
Tal vez habría un giro inesperado más adelante. No perdería la esperanza. Pase lo que pase, no dejaría que Isabel lo abandonara.
Menos de una hora después, Sebastián llamó para avisar que las maletas estaban listas y podían partir.
Isabel subió al auto de Fernando. Apenas llegaron a la entrada del hotel, él bajó a ayudar a Doña Matilde con el equipaje.
El celular de Isabel sonó.
Para su sorpresa, era Adrián Zamora.
¿Acaso la condición de Leonardo había mejorado?
Isabel contestó de inmediato.
Adrián le dijo con la voz temblorosa de emoción: —¡Señorita Cárdenas, Leonardo despertó!
—¿De verdad?
Isabel sintió un inmenso alivio. Con todos los problemas de los últimos días, no había tenido tiempo de ir al hospital a verlo.

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