Por fin Fernando sentía en carne propia lo que era ser ignorado y menospreciado.
Por ir a ver a Leonardo, a Isabel no le importaba en lo más mínimo la promesa que le había hecho esa misma mañana.
—Dijiste que pasarías el día conmigo. Puedes ir adonde quieras, ¡pero tienes que llevarme contigo!
—Voy a ver a Leonardo, ¿de verdad quieres venir conmigo?
Isabel decidió ser directa.
El rostro de Fernando se oscureció de golpe, como si fuera a escupir veneno.
Una cosa era que él lo supiera en el fondo, y otra muy distinta escucharla decirlo con tanto descaro.
Al escuchar esas palabras, la sangre le hirvió de celos.
Pero apretando los dientes, contestó: —Te llevo.
Isabel se quedó atónita.
Fernando ya había abierto la puerta del copiloto y prácticamente la obligó a subir.
Durante el trayecto, ninguno de los dos pronunció palabra.
Fernando estaba cediendo más allá de sus propios límites. No importaba su frustración, estaba dispuesto a aguantar con tal de que ella lo perdonara.
Pero al llegar al hospital, no soportó la idea de acompañarla hasta la habitación de Leonardo.
—Ve tú. Te espero en el auto.
Isabel le lanzó una mirada rápida, bajó del vehículo y caminó a paso apresurado hacia la entrada.
Al ver que no se giraba ni una sola vez, él apretó el volante con fuerza. De pronto, tuvo la amarga sensación de que se estaba alejando cada vez más de él.
Esa sensación de impotencia, de verla marchar sin poder detenerla, lo carcomía por dentro.
Se preguntó de qué estarían hablando a puerta cerrada en esa habitación.
Perder el control de la situación lo deprimía profundamente.
Cuando Isabel llegó a la habitación, Adrián Zamora estaba allí. Ella se acercó rápidamente a la cama.

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