Adrián Zamora era una herida abierta que nadie debía tocar.
Doña Matilde, que en los dos días que llevaba de conocer a Fernando había creído que era un hombre encantador, se asustó al ver su repentino y aterrador estallido de ira.
Su impresión de él cambió en un segundo.
Solo por tratar bien a Isabel le había caído en gracia.
Pero si iba a gritarle a su nieta por cualquier cosa, ¡ni todo el dinero, ni la mejor familia, ni el rostro más guapo del mundo le servirían de nada!
Antes de que Doña Matilde pudiera intervenir, Isabel le respondió con dureza: —¿Ah, o sea que tú sí tienes derecho a sacarme de mis casillas cuando te da la gana, pero yo a ti no?
Isabel ya venía guardando coraje.
En los últimos dos días él se había dedicado a hacer cosas para irritarla, obligándola a fingir sonrisas forzadas frente a él.
Doña Matilde no iba a permitir que nadie le faltara al respeto a su nieta. —¡Vaya, así que también te la pasas haciéndola enojar a diario! Yo creí que eras un buen hombre, que la cuidabas. Fernando Montero, me has decepcionado.
Fernando apretó los labios con fuerza.
Jamás perdonaría lo que Adrián Zamora le había hecho a su familia.
Con solo escuchar su nombre, la sangre le hervía y perdía los estribos.
—¿Acaso no has notado todo lo que te he aguantado en estos días?
Él también se sentía herido. Había tragado su orgullo y su mal genio para dejarla ir a ver a Leonardo Zamora. ¿Acaso no había sido lo bastante tolerante como para que ahora ella se aprovechara de eso?
—¡Ja! —se burló Isabel—. ¿Apenas llevas un par de días aguantando y ya te cansaste? ¿Acaso te pusiste a pensar en cuánto tiempo he aguantado yo tus estupideces?
Doña Matilde las escuchaba boquiabierta.
Por el tono de Isabel, era obvio que su relación estaba muy lejos de ser el cuento de hadas que aparentaba.

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