Isabel levantó la mano para llamarla.
Al escucharla, Adriana levantó la vista, reconoció a su amiga y corrió hacia ella arrastrando su maleta.
Isabel también avanzó unos pasos, y ambas se fundieron en un abrazo profundo.
Tardaron un largo rato en separarse.
Con lágrimas en los ojos, Isabel dijo: —Pensé que no volvería a verte en mi vida.
Los ojos de Adriana también estaban empapados.
—Yo igual... Es tan bueno verte. Isabel, gracias por devolverme a la luz.
Isabel sabía que el mérito era de Fernando.
—En realidad, fue Fernando quien te ayudó.
—Lo sé. Y sé que si accedió a hacerlo, fue todo por ti.
En ese instante, Fernando se acercó a ellas.
—Vámonos.
Isabel tenía un millón de preguntas para Adriana, pero con él ahí, prefirió guardar silencio.
Ahora que su amiga estaba de vuelta y ya estaban en San Jacinto, Isabel no tenía intención de irse con él.
—Puedes irte, nosotras tomaremos un taxi.
Fernando se molestó: —Vaya, Isabel. Eres una experta en usar a las personas y luego tirarlas a la basura.
—Piensa lo que quieras.
Tomando la mano de su amiga, Isabel le indicó: —Vámonos de aquí.
Fernando sabía que, con Adriana a su lado, ella jamás cedería, así que tuvo que tragar su coraje y ver cómo se alejaban.
Isabel hizo señas a un taxi.
Una vez dentro, Adriana se aferró al brazo de Isabel riéndose: —¡Hubieras visto la cara de frustración que puso Fernando! ¡Fue tan divertido!
—Mejor hablemos de otra cosa. Cuéntame, ¿dónde estuviste estos dos años y por qué desapareciste así de la nada?
La sonrisa de Adriana se borró al recordar el pasado.
—El padre de Arturo me mantuvo encerrada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario