—Si no fuera por Adriana, ¿ni siquiera me hubieras contestado la llamada, verdad?
—Tú ya sabes la respuesta.
Isabel giró el rostro hacia la ventana.
Fernando apretó los puños con fuerza.
Escucharla confirmarlo en voz alta le clavó una estaca en el corazón.
Cuando ya estaban lejos de la casa de los Sandoval, él soltó: —Esta mañana prometiste algo que no fuiste capaz de cumplir.
—¿Qué nueva trampa intentas jugarme ahora?
Isabel sintió un nudo en el estómago, presintiendo que él no se la pondría tan fácil.
—Ninguna trampa. A las diez de la noche verás a Adriana.
No dijo más, se reclinó en el asiento y cerró los ojos.
Isabel lo observó sorprendida; esperaba que la chantajeara, pero no lo hizo.
Con la cabeza punzándole por la resaca, Fernando volvió a quedarse dormido.
Isabel no tenía sueño, pues ya había descansado durante el viaje de ida. Al verlo profundamente dormido, le susurró al chofer:
—¿A dónde te pidió que nos llevaras?
—Al aeropuerto de San Jacinto.
El corazón de Isabel dio un brinco de emoción. Era cierto, por fin iba a reencontrarse con Adriana. Seguramente estaba regresando del extranjero.
Por la tarde, mientras hacía los trámites de la casa con su abuela, había aprovechado para comprarle un regalo a su amiga, por si Fernando cumplía su palabra.
Sus ojos volvieron a posarse en él.
Sintió una mezcla extraña en el pecho.
Al final, no le estaba complicando las cosas, de verdad la estaba llevando a su reencuentro.
Durante dos años no había sabido nada de ella. La última vez que recibió dinero suyo, no hubo más contacto, lo que le hizo pensar que Adriana debía estar pasando por una situación sumamente difícil.
¿Cómo había logrado Fernando encontrarla?

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