—Lo sé.
Después de todo, era la nieta a la que habían criado durante veintitrés años. Jamás se les habría ocurrido abandonarla.
Doña Eliana pidió a la cocina que prepararan algunos postres y ella misma los llevó a la habitación de Sara.
Tocó dos veces.
—Adelante —respondió Sara.
Doña Eliana entró y la vio trabajando frente a la computadora. Puso los postres sobre la mesa y le dijo con ternura:
—No cenaste, así que te traje algo para cuando tengas hambre.
—Gracias, abuela.
Sara se levantó de inmediato, tomó las manos de Doña Eliana y la llevó a sentarse al sofá.
Doña Eliana la miró con cariño y se disculpó:
—Fui un poco dura contigo hace rato. Espero que no estés molesta conmigo.
—¿Cómo podría enojarme con usted? Fui yo quien se equivocó. Isabel ha sufrido mucho todos estos años, y más aún por culpa de Fernando. Supongo que, como apenas la conozco, inconscientemente sentí más cercanía con él y no consideré sus sentimientos. Todavía no me acostumbro a que seamos hermanas.
Doña Eliana le acarició la mejilla con adoración y sonrió:
—Lo entiendo, mi niña. Desde que Isabel regresó, han pasado tantas cosas que no he tenido tiempo de sentarme a hablar contigo. Pero por favor, no te hagas ideas equivocadas. Mi corazón no tiene favoritos. Ambas son mis queridas nietas.
Sara se acurrucó en los brazos de Doña Eliana y murmuró:
—Lo sé, abuela. Si esto fuera cualquier otra familia, probablemente ya me habrían echado a la calle. Gracias por seguir dándome un hogar.
—Mientras no pienses tonterías, estaré tranquila. Mira la hora que es y sigues trabajando. En esta familia no necesitamos que te mates de cansancio. Pórtate bien y duérmete temprano.
—Sí, abuela.

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