Desde que la familia Solís descubrió que Isabel era de su propia sangre, el amor que le demostraban era desbordante, como si quisieran compensar los veintitrés años perdidos de un solo golpe.
¿Y ella?
Ni siquiera había recibido una migaja de afecto maternal por parte de Silvia.
Si Silvia no tenía ninguna intención de amarla como a su propia hija, entonces ella tampoco la reconocería como madre.
Sara regresó a la habitación de Fernando.
Un destello de esperanza iluminó los oscuros ojos de Fernando.
Preguntó con anhelo:
—¿Vino?
Fingiendo una profunda pena, Sara respondió:
—Fernando... Isabel ya se fue a dormir.
La luz en los ojos de Fernando se extinguió.
Al presenciar esa mezcla de desesperanza y resignación en el rostro del hombre que siempre parecía invencible, el pecho de Sara ardió de celos.
Con voz sombría, añadió:
—Apenas saliste del quirófano y vio que estabas fuera de peligro, se fue de inmediato. Ni siquiera tenía intención de verte. ¡Me atrevería a decir que ni siquiera sabe en qué habitación estás!
—Vete a casa. Necesito dormir.
Fernando no se mostró frío ni hostil, su tono fue simplemente indiferente.
Tan indiferente como si hablara con una extraña.
Sara se mordió el labio inferior, deseando decir algo más, pero se obligó a guardar silencio.
Tenía que tragarse todas sus emociones.
¡Porque en ese momento no era nadie en la vida de él!
En ese instante, Javier entró y, al ver a Sara sola, preguntó:
—¿Dónde está Isabel? Se quedó todo el tiempo esperando fuera del quirófano. ¿A dónde se fue ahora que ya saliste?

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