Cuando Doña Sofía se enteró de que Fernando estaba en el hospital, dijo que iría de inmediato.
Doña Eliana también planeaba ir, así que le pidió a Doña Sofía que la esperara en su casa para que el chofer las recogiera a ambas.
Doña Eliana preparó varios obsequios y suplementos nutritivos, y se dirigió a Villa del Lago. Doña Sofía ya la estaba esperando en la puerta.
Ambas ancianas habían sido amigas por años.
—Ay, amiga... —suspiró Doña Eliana repetidas veces al subir al auto. No sabía cómo abordar el tema de sus nietos; la situación era verdaderamente agotadora.
Doña Sofía le tomó las manos con comprensión.
—Sé lo que quieres decir. A mí también me desespera mi nieto. Hasta el día de hoy, sigo sin entender qué le vio a esa tal Camila y por qué no es capaz de cortar con ella de una buena vez.
Si no fuera por eso, la unión entre la familia Montero y la familia Solís habría sido el matrimonio perfecto.
Una pareja ideal con unos mellizos hermosos... ¿Dónde más podrían encontrar un final tan feliz?
Doña Eliana suspiró, impotente.
—Es una jugarreta del destino, supongo. Quizá esa fue la suerte que les tocó.
—Pero se nota que él todavía tiene sentimientos genuinos por Isabel.
—A veces los hombres simplemente son inestables. Cosas del corazón. Los jóvenes ya están grandes; tendrán que hacerse responsables de sus decisiones, ya no podemos meternos.
Aunque estaba agradecida por lo que hizo, Doña Eliana no olvidaba todo el daño anterior, especialmente haber alterado la prueba de ADN que casi la hizo perder a su verdadera nieta.
Al llegar al hospital, fueron directo a la habitación de Fernando.
Con la pierna enyesada, él apenas podía moverse.
Se sorprendió y se alegró al ver que Doña Eliana había ido a visitarlo.
Doña Eliana dejó los regalos en la mesita. Aunque no tenía el tono afectuoso de antes, al menos le habló con suavidad.


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