Justo en ese momento, sonó el teléfono de Fernando.
Era Camila.
Al ver el nombre brillar en la pantalla, el rostro de Doña Sofía se ensombreció de golpe.
¡Esa mujer era una maldición que no los dejaba en paz!
El teléfono sonó varias veces hasta que, finalmente, Fernando contestó.
Doña Sofía lo miró con profunda decepción.
¡Con razón Isabel quería deshacerse de él!
—Fernando...
—¿Qué necesitas?
Queriendo mostrarse servicial, Camila dijo suavemente:
—La policía vino a mi casa a investigar. Les di todas las pruebas que tenía sobre lo del accidente de Isabel. De verdad que no tuve nada que ver.
—¿Ya hay un veredicto?
—No estoy segura, pero no encontraron nada raro con las empleadas, y los oficiales no me presionaron más.
Al ver que Camila sonaba tan tranquila, Fernando empezó a pensar que quizá había sido él quien imaginó cosas.
—Entiendo. Hace frío con esta nevada, quédate en casa y descansa. Si no hay nada más, voy a colgar.
—¡Espera, Fernando!
Camila ya se había enterado de que estaba herido a través de Sara, pero no podía revelar su fuente.
Tampoco quería que nadie supiera de su alianza con Sara, así que bajó la voz.
—Te extraño. ¿Puedo ir a verte? No sé por qué, pero desde anoche tengo un mal presentimiento y el corazón me late súper rápido.
Como Isabel seguía en ese hospital, si dejaba que Camila fuera y se cruzaban, sería un verdadero desastre.
—Si te sientes mal, ve a hacerte revisar. Tuviste una cirugía hace poco, no te descuides. Enviaré a Giselle para que te lleve.

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