En el fondo, Isabel no era una persona egoísta.
Pero con Fernando no había otra opción; si cedía un poco, él impondría nuevas condiciones y jamás podría divorciarse.
Prefería pecar de egoísta.
Especialmente recordando cómo la había tratado en el pasado.
Había estado a punto de morir dando a luz, y él ni siquiera había esperado para pedirle el divorcio y dejarle el camino libre a Camila.
Decidió que con esto estaban a mano.
Doña Eliana quería respetar los sentimientos de Isabel. Si ella hubiera decidido perdonarlo por el bien de sus hijos, considerando su acto heroico, la anciana lo habría aceptado.
Pero si Isabel se negaba a perdonarlo, su abuela estaría a su lado sin dudarlo.
—Muy bien, mi niña. Lo que tú decidas, yo te apoyaré.
Ambas firmaron los papeles de alta con una sonrisa y regresaron hacia el ascensor.
Justo cuando las puertas se abrieron, se encontraron de frente con Camila Cárdenas y Giselle.
Las sonrisas en los rostros de Isabel y Doña Eliana se congelaron al instante.
Camila, fingiendo que no pasaba nada, las saludó con dulzura:
—Doña Eliana, Isabel, qué gusto verlas. Vine a visitar a Fernando, no esperaba encontrarlas aquí.
Doña Eliana sintió que le hervía la sangre.
Hacía apenas un rato había estado considerando la idea de que Fernando estaba cambiando. Había pensado que, después de su terquedad frente a su casa y su sacrificio para salvar a Silvia, si Isabel le daba otra oportunidad, ella también lo perdonaría.
Pero todo era una farsa.
Fernando no tenía ninguna intención de alejarse de esa víbora; incluso la había dejado ir al hospital a visitarlo.
¡Qué indignante!
Definitivamente, no se podía tener piedad con hombres así.
El corazón de Isabel estaba adormecido por tanto dolor.
Fernando nunca se desharía de Camila.
Miró de reojo a Giselle, que caminaba detrás de Camila.
Giselle se tensó y murmuró con incomodidad:

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