—¿Qué dice, señora presidenta? ¿El jefe está internado aquí? ¡No tenía idea! ¿Le pasó algo grave?
Giselle estaba genuinamente sorprendida y preocupada.
—Suficiente. Hablamos luego, voy para allá a ver a Camila en persona.
Dicho esto, Doña Sofía colgó el teléfono.
Giselle guardó el móvil con expresión de pánico.
—Señorita Camila, el jefe también está internado en este hospital. Vaya usted a hacerse su chequeo mientras yo pregunto en qué habitación está. Como su asistente, tengo que ir a verlo.
Camila fingió una profunda preocupación.
—¡No puedo creer que Fernando esté en el hospital y no me lo haya dicho! Ahora mismo no me siento tan mal; hagamos algo, vamos a verlo juntas y luego voy a mi revisión.
—Está bien.
Ese hospital había sido adquirido recientemente por Fernando. Siendo su asistente personal, Giselle no tardó nada en averiguar el número de habitación.
Corrieron de inmediato.
Al entrar y ver a Fernando lleno de vendas y con un yeso, el corazón de Giselle se encogió.
Ese no parecía el todopoderoso CEO del Grupo Montero.
—¡Fernando!
Camila corrió hacia la cama y se arrojó sobre el pecho de Fernando, comenzando a sollozar.
—¿Por qué no me dijiste que estabas herido?
Las lágrimas rodaban por su rostro.
Fernando fijó una mirada gélida en Giselle. La pobre asistente, que estaba a punto de preguntarle por su estado de salud, se quedó paralizada por el terror, incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Te dije que la llevaras a revisión médica —dijo Fernando con voz amenazante—. ¿Qué hace ella aquí?
Al tener la otra mano canalizada, Fernando usó su única mano libre para apartar a Camila con brusquedad.
—Jefe, yo...
Camila, llorando como una Magdalena, intentó defenderla:

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