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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 42

A Fernando Montero le había surgido un imprevisto en la empresa y tuvo que hacer un viaje de negocios a la ciudad vecina de Puerto Gaviota. Le dijo a Doña Sofía que se ocuparía del asunto a su regreso.

Tras colgar el teléfono, su expresión se ensombreció. Isabel tenía agallas, de verdad pensaba buscar un trabajo relacionado con la abogacía.

Fernando le dio una orden a su asistente, Giselle: que corriera la voz de que quien se atreviera a contratar a la Señora Montero se estaría enfrentando directamente a él.

Al día siguiente, Isabel salió con su currículum en mano, llena de entusiasmo por encontrar trabajo.

Antes de casarse, ya había buscado empleo y conocía bien los bufetes más prestigiosos de San Jacinto. Basándose en su experiencia, seleccionó varias firmas donde creía tener altas probabilidades de éxito y fue a entrevistarse una por una.

Durante su recuperación posparto, había repasado muchos conocimientos legales para prepararse para el examen de abogacía. Aunque solo había trabajado dos o tres meses antes, el puesto de asistente legal no le parecía un gran desafío. Estaba convencida de que encontrar trabajo sería muy fácil.

Lo que no esperaba era que, en cuanto entregaba su currículum, los bufetes la rechazaban de inmediato, alegando que no contrataban a novatos sin experiencia. Sus dos o tres meses de práctica, al parecer, no contaban para nada.

Isabel no se dio por vencida y visitó varios bufetes más, pero el resultado fue siempre el mismo.

Después de salir del último bufete de su lista, se sentía completamente desmoralizada.

¿Acaso por haber estado sin trabajar solo un año se había desconectado tanto de la realidad? ¿Tan competitivo se había vuelto el puesto de asistente legal? ¿Hasta el punto de que ni siquiera consideraban a una egresada de una de las mejores facultades de derecho del país?

Para su búsqueda de empleo, Isabel se había puesto un par de tacones altos. Después de correr de un lado a otro durante medio día sin conseguir nada, sentía las piernas agotadas. Vio una cafetería cercana, entró, pidió un café con leche y se sentó en un rincón tranquilo. Sacó su teléfono y empezó a navegar por los portales de empleo.

Si los bufetes que le interesaban no la querían, tendría que bajar sus estándares. Envió su currículum en formato digital a numerosas firmas. Para asegurarse, aplicó a muchas; con tal de conseguir un trabajo, no le importaba si el bufete no era grande.

—¿Isabel?

Al escuchar su nombre, Isabel levantó la vista y vio a Leonardo Zamora.

—¿Leonardo?

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