El tiempo pasó volando.
Llegó la Nochevieja.
Todas las casas estaban adornadas, listas para despedir el año y recibir uno nuevo.
En San Jacinto volvió a caer la segunda nevada de la temporada. Isabel, con una taza de leche caliente entre las manos, se apoyó en el balcón. Su mirada se perdió en la distancia mientras veía caer los copos de nieve.
Desde aquella fiesta de cumpleaños, había disfrutado de una tranquilidad absoluta.
Fernando no había vuelto a molestarla.
No se había aparecido frente a ella ni le había enviado un solo mensaje.
Sentía que había vuelto a nacer.
Rodeada del amor de su nueva familia, podía hacer lo que quisiera.
Aunque, en realidad, sus ambiciones no eran grandes. Solo deseaba un trabajo estable y un hogar cálido.
Durante esos días de vacaciones, se había dedicado a cuidar de los niños y a estudiar leyes.
De pronto, su celular vibró con un mensaje de WhatsApp.
Era Leonardo Zamora.
«Isabel, feliz Nochevieja. Esta noche habrá un espectáculo de fuegos artificiales junto al río. Verlos bajo la nieve tiene un encanto especial. Además, hoy por fin me dieron de alta y puedo caminar. ¿Te gustaría ir a verlos juntos?».
Casualmente, Adriana Serrano también la había invitado a ir al río esa misma noche.
«Claro. Adriana también me invitó, así que podemos ir los tres juntos».
«Perfecto. Nos vemos en el malecón a las ocho y media. Abrígate bien, el viento sopla fuerte y hace bastante frío».
«Entendido».
Esa noche, como era tradición, las familias se reunirían para la cena de Fin de Año. En la casa de los Solís ya estaban inmersos en los preparativos, y en un rato le tocaría bajar a ayudar a armar las empanadas y preparar la mesa.
Adriana no tenía familia, estaba completamente sola, por lo que Isabel la había invitado a cenar con ellos. Sin embargo, a la joven le había tocado guardia en el hospital y no saldría hasta las cinco de la tarde.
Isabel terminó su leche y bajó a la cocina.

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