Isabel no tenía la menor intención de quedarse con esos regalos. Se acercó a Javier y le pidió:
—¿Podrías preguntarle a Fernando si estas cosas son suyas?
—Ya lo hice. Son suyas.
—Entonces, por favor, envía a alguien para que se las devuelva.
Si no había querido aceptar sus anillos de matrimonio, mucho menos iba a quedarse con todo esto.
—De acuerdo.
Javier decidió encargarse él mismo. Pidió a los empleados que cargaran todo en su auto.
Mientras tanto, Fernando llegó al hospital con Camila.
Gracias al trasplante de médula que había recibido por su leucemia, Camila ya no sufría de hemorragias incontrolables.
El doctor le limpió la herida y le hizo una tomografía. Solo era una conmoción cerebral leve; nada grave.
Tras confirmar que Camila estaba fuera de peligro, Fernando abandonó el hospital.
En el camino, recibió una llamada de Javier.
—¿Sigues en el hospital?
—No, voy en camino.
—¿Hacia dónde?
Fernando se quedó con el celular en la mano, en silencio. La verdad era que no tenía idea de adónde ir.
Ese día era el cumpleaños de Isabel. Quería ir a verla, quería celebrar con ella.
Pero sabía que era prácticamente imposible.
—¿Ni siquiera sabes adónde vas? —insistió Javier con impaciencia.
—¿Me buscabas para algo?
—Para devolverte los regalos de hoy. Isabel no los quiere.
El rostro de Fernando se ensombreció aún más.
No sabía qué necesitaba Isabel. Parecía que nada le gustaba realmente. Quería regalarle cosas para hacerla feliz, pero no sabía ni por dónde empezar.
—¡Si no los quiere, tíralos a la basura! —Y sin más, colgó.
Javier hervía de rabia. Él ni siquiera había empezado a gritarle, ¡y Fernando se atrevía a colgarle con esa actitud!


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