Leonardo salió del edificio en cuestión de minutos, con el rostro iluminado por una sonrisa que se desvaneció un poco al sentir el viento helado.
—Afuera hace mucho frío. Ven, pasemos a mi oficina para hablar —le ofreció, haciendo un gesto hacia la entrada.
—Leonardo, prefiero no entrar. Tengo muchísimas cosas que resolver hoy. Solo vine a avisarte que me iré de San Jacinto por un tiempo.
El rostro de Leonardo reflejó alarma de inmediato.
—Pero ¿no estabas en medio de los trámites de divorcio con Fernando? ¿Por qué te vas justo ahora?
Isabel esbozó una sonrisa serena.
—Ya está hecho. Firmamos los papeles hoy. Pero, como no ha dejado de acosarme durante las últimas semanas, creo que lo mejor es poner distancia por una temporada.
¡Por fin se habían divorciado!
Leonardo tuvo que hacer un esfuerzo titánico para reprimir la euforia que le subió al pecho.
—¿A dónde tienes planeado ir? —preguntó, tratando de sonar únicamente preocupado.
—Aún no lo he decidido del todo.
Isabel no quería que nadie en San Jacinto conociera su destino exacto.
—¿Me lo dirás cuando te instales?
—Por supuesto.
Él le había salvado la vida; jamás cortaría lazos con alguien que le había brindado tanto apoyo de forma incondicional. No era una mujer malagradecida.
—Bueno, me tengo que ir —anunció ella, ajustándose el abrigo.
—¿A qué hora sale tu vuelo?
—Cerca de las cuatro de la tarde.
—Déjame llevarte al aeropuerto.
Isabel negó con la cabeza suavemente.
—No es necesario. Si va mucha gente a despedirme, será más fácil que alguien se dé cuenta y se vuelva un problema.
Leonardo entendió el mensaje al instante: se iba a escondidas para que Fernando no la siguiera.
—Lo entiendo. Entonces, te deseo un viaje muy seguro. Que todo te salga bien.

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