Una vez que el vuelo de Isabel aterrizó en Puerto Esmeralda, compró boletos de avión para irse al extranjero.
Sin embargo, la realidad era que había subido a un crucero desde Puerto Esmeralda hacia Puerto Gaviota.
Conociendo a Fernando, sabía que si no pensaba dejarla en paz, seguramente rastrearía sus pasos. Así que había dejado pistas falsas que apuntaban al extranjero, para que la buscara fuera del país.
Pero su verdadero destino era Puerto Gaviota.
Incluso si la descubrían en el futuro, no tenía ninguna intención de salir del país.
Había tantas ciudades, en algún lugar debía poder encontrar refugio.
No se quedó en una de las mansiones de la familia Sandoval. En su lugar, alquiló una casita rústica con un patio. En el campo, la información no fluía tan rápido, y el aire fresco ayudaría mucho a la recuperación de Silvia.
Tras limpiar y acomodar la casa, Isabel se estiró perezosamente.
Se sentía más ligera que nunca.
Este siempre había sido su sueño.
De niña, como Silvia tenía que trabajar, vivían en la ciudad, en los barrios más baratos para ahorrar el alquiler.
Isabel siempre quiso crecer, ganar dinero y comprarle a Silvia una casita tranquila, con un jardín lleno de flores y un patio trasero donde cultivar vegetales. Quería que Silvia pudiera descansar y recuperarse como se merecía.
Ahora, por fin lo había logrado, y a ese sueño se le sumaban dos preciosos bebés.
Por la tarde, bajo el sol radiante, Isabel meció a los dos pequeños en el patio, disfrutando de la calidez.
Silvia estaba sentada a su lado, pelando verduras. Ver a Isabel tan relajada le daba mucha paz; cuando vivían con la familia Solís, a pesar del lujo, Isabel siempre parecía estar a la defensiva.
—Mamá, ¿te pone triste haberte separado de Sara con este viaje?
Isabel seguía preocupada por lo que Silvia sintiera. Ella era la persona a la que más agradecimiento le tenía en el mundo y no quería verla triste por nada.
—Al estar con mi niña Isabel, no estoy triste para nada. Aunque Sara sea mi hija biológica, no se crio a mi lado. Ha vivido rodeada de lujos con la familia Solís, un mundo completamente distinto al mío. Siento que ella tampoco se sentía cómoda estando conmigo.
El amor de una madre es planificar el mejor futuro posible para sus hijos.

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