A Fernando le estallaba la cabeza.
Isabel había planeado todo meticulosamente para escapar de su control.
Pero él no se lo permitiría.
Ella era su esposa. Incluso si decidía no ir a buscarla, necesitaba, como mínimo, saber dónde estaba.
—Sigue investigando.
La obsesión de Fernando incomodaba muchísimo a Giselle.
Pero eran sus órdenes, no podía negarse.
Tras darle muchas vueltas, intentó persuadirlo: —Señor Montero, la fuga de la señora no parece haber sido impulsiva; lo planeó desde hace tiempo. Buscarla ahora es como buscar una aguja en un pajar. Recuerdo que ella quería presentar el examen de abogacía. Estoy segura de que volverá en unos seis meses.
Fernando le cuestionó tajantemente: —¿Acaso no puede presentar el examen de abogacía en el extranjero? ¿Acaso no puede ejercer como abogada en otro país?
¿Y si se instalaba en el extranjero y nunca volvía?
—Pero tiene familia en San Jacinto, no puede no volver nunca. Señor Montero, podría darle un poco de tiempo para que se calme. Si se entera de que la está buscando, seguirá huyendo de un lado a otro. Llevando a dos bebés y a su madre, el viaje constante sería demasiado agotador para ella.
Fernando estuvo a punto de estallar de furia, pero al escuchar esa última frase, apretó los puños.
Se había vuelto completamente loca.
Irse para hacerle la contra era una cosa, pero llevarse a unos bebés de meses y a una madre enferma...
¿Se creía que era invencible?
¿Cómo podría cuidar a tres personas ella sola?
Giselle tenía razón. Si la presionaba demasiado, solo le haría la vida más miserable.
Quería comprenderla.
Pero la sola idea de que ella estuviera en un lugar fuera de su control, y de que pudiera conocer a otros hombres, lo dejaba con un vacío insoportable en el pecho.
Fernando todavía no decidía si seguiría buscando o si debía detenerse.
El sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos.
Era Camila Cárdenas.

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