—Por lo que vi, parece muy difícil que ella acepte empezar de cero contigo —comentó Sara, evaluando su reacción—. ¿Tienes planes de volver a casarte con ella?
¿Volver a casarse?
Esa palabra no existía en su vocabulario, porque en su mente, jamás había aceptado el divorcio.
—No.
Aunque fuera solo eso, aquella simple sílaba llenó de alegría el corazón de Sara.
Decidió no ahondar más en el tema y la cena transcurrió entre charlas sobre trivialidades recientes. Al terminar, Sara se despidió por iniciativa propia. No quería que Fernando sospechara que ella tenía segundas intenciones.
Fernando, sabiendo que a la mañana siguiente vería a Isabel, pasó la noche en vela.
Apenas amaneció, llamó a Sara para apurarla a salir.
Poco después, Sara subía al auto de Fernando.
—Fernando, quiero dejar algo muy claro antes de ir —advirtió Sara mientras se abrochaba el cinturón—. Una vez que te enseñe dónde vive, bajo ninguna circunstancia debes dejar que te vea. Si se entera de que yo revelé su ubicación, nunca más volverá a decirme a dónde va.
—Lo sé.
Condujeron durante más de una hora por serpenteantes caminos de terracería hasta que finalmente llegaron a la zona.
Sara no dejó que se acercara demasiado y le hizo detener el coche a varios cientos de metros de distancia de la casa.
Sara señaló a lo lejos.
—Es esa casita de dos pisos.
Al ver lo desolado y remoto que era el lugar, el corazón de Fernando se encogió de dolor. Seguramente la vida allí estaba llena de carencias e incomodidades.
Ninguno de los dos podía imaginar que, en realidad, Isabel vivía de maravilla.
Había rentado un pequeño auto eléctrico en el pueblo; una vez a la semana bajaba a la ciudad y compraba todas las provisiones necesarias para la semana. Esa salida le servía también para pasear tranquilamente con Silvia. Esa vida pacífica y apartada le fascinaba tanto que no tenía ganas de irse.
Aunque en el futuro tendría que volver a trabajar, pues no pensaba ser una carga para nadie, por el momento dedicaba sus días a estudiar y prepararse.
—Me acercaré a mirar —dijo Fernando, abriendo la puerta.
—Ten mucho cuidado, por favor. Te espero en el auto.

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