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Divorcio Postparto con Mi Cruel Marido Millonario romance Capítulo 487

Las palabras de Fernando cayeron como un jarro de agua fría, llenando el corazón de Sara de una profunda decepción.

Era evidente que él no tenía el más mínimo interés en ella.

—Está bien, te lo agradezco entonces —suspiró resignada—. Yo regreso hoy a mi ciudad. ¿Tú qué harás?

—Me quedaré un tiempo por aquí, buen viaje.

Sara subió por su equipaje y abandonó Puerto Gaviota.

Fernando, que en realidad no tenía ninguna propiedad lista para habitar, seguía en el hotel. Había analizado meticulosamente el terreno rural: la zona al pie de la montaña no estaba muy poblada, pero justo enfrente de la casa de Isabel, cruzando un camino de tierra a unos cien metros, había un par de propiedades que parecían estar vacías.

Como el Grupo Montero tenía una sucursal en Puerto Gaviota, Fernando llamó directamente a esas oficinas y solicitó que le enviaran a un asistente ejecutivo.

El asistente, de apellido Arce, al enterarse de que trabajaría directamente para el gran jefe, corrió al hotel a la velocidad del rayo.

Lorenzo Arce sabía perfectamente que si lograba impresionar al presidente Montero, sus posibilidades de ser transferido a la sede central se multiplicarían. Ya había escuchado las leyendas sobre la señorita Giselle, cuyo salario y bonos superaban con creces a los de muchos altos directivos.

Lorenzo no iba a desaprovechar semejante oportunidad de oro.

—Señor Montero, es un honor. Soy Lorenzo Arce, actual asistente del vicepresidente de esta sucursal.

—Asistente Arce, necesito que vayas a esta dirección. Renta una casa por la zona. Si no quieren rentar, cómprala. Tiene que estar resuelto antes de que anochezca.

—Entendido, me encargo de inmediato.

Lorenzo llegó a la dirección indicada. Al ver las humildes casas de campo, no comprendía por qué Fernando querría comprar una propiedad en un lugar tan remoto, sin ningún potencial de plusvalía.

Incluso si lo tuviera, el margen sería minúsculo. Los caprichos del jefe eran un misterio.

Dio una vuelta por la zona y notó que todas las puertas estaban cerradas.

La única casa abierta era aquella donde vivía Isabel. Se acercó a la entrada.

—Disculpe, señora, buenos días. ¿Podría hacerle una consulta?

Isabel, que llevaba a Mateo en brazos mientras tomaba el sol en el patio, se acercó a la cerca.

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