Al ver que Isabel tampoco le daba crédito a esa historia, Javier decidió no insistir más en el asunto.
Por su parte, Fernando esperó durante varios días, pero Isabel nunca apareció.
Era evidente que Javier no se lo había contado.
Él no podía buscarla por su cuenta, pues había prometido no volver a acosarla, y de todas formas, ella jamás creería en sus palabras.
Si Javier, en cambio, le aseguraba que Ángel era su hijo, Isabel le habría creído a ciegas.
El hecho de que no lo hiciera demostraba el inmenso rencor que Javier le guardaba.
Prefería mantener a Isabel en la ignorancia para que pudiera rehacer su vida, en lugar de revelarle que en realidad había dado a luz a tres hijos.
Fernando se sentía atrapado en una red de contradicciones.
Anhelaba que ella supiera la verdad, pero al mismo tiempo le aterraba.
Parecía estar metido en un laberinto sin salida.
Haciendo cálculos, el embarazo de Camila ya pasaba de los seis meses. Había intentado evadir el tema todo este tiempo, pero lo cierto es que ya se podía realizar una amniocentesis para la prueba de paternidad.
No estaba dispuesto a seguir esperando.
Así que tomó el teléfono y marcó el número de Camila.
Habían pasado más de seis meses desde su partida, y en todo ese tiempo él jamás la había contactado ni enviado a nadie a buscarla.
Esa indiferencia la había destrozado por dentro.
Pero se había obligado a no ser ella quien diera el primer paso.
Finalmente, él la estaba llamando.
—Fernando —respondió ella, con una voz cargada de melancolía.
—¿Cuándo vas a regresar?
—La atención médica en el extranjero es excelente. Quiero tener al bebé aquí, será mejor para su futuro.
Fernando hizo una pausa antes de ir al grano:
—¿No habías dicho que te harías la amniocentesis?
—Me da miedo que me duela. Podemos hacer la prueba de ADN cuando el bebé nazca.
Camila no esperaba que el motivo de su llamada fuera presionarla con la prueba.

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