Las mejillas de Leonardo se tiñeron de un rojo intenso.
—Por ahora no tengo tiempo para pensar en eso.
En su bufete, varias abogadas también habían intentado acercarse a él.
Pero ninguna lograba despertar ni una chispa de su interés.
Al verlo sonrojado, Isabel no pudo evitar reírse.
—No me digas que nunca has tenido novia. En la universidad traías a media facultad muerta por ti. ¿Me vas a decir que nunca saliste con ninguna?
—No.
—Vaya, sí que eres exigente.
—Supongo que sí.
Claro que era exigente: la única mujer a la que quería era a ella.
Probablemente porque Isabel conocía su parentesco con Fernando, y porque él siempre había sido excesivamente cauteloso para no espantarla, ella jamás había sospechado de sus intenciones.
Para Isabel, él era simplemente su colega de la universidad.
Y ahora, tenía aún más miedo de confesarle sus sentimientos.
Temía que, si se sinceraba, ella levantara un muro entre los dos y él perdiera cualquier posibilidad de estar cerca.
Pero amar en silencio era un castigo amargo.
—Mira, el amor y el matrimonio nunca son perfectos —le aconsejó Isabel—. A veces hay que bajar un poco las expectativas. Hay chicas increíbles en la firma.
—Mi prioridad ahora mismo es mi carrera.
—Que un hombre se enfoque en su carrera está muy bien, pero la familia siempre presiona. A mi primo Javier lo tienen loco; mis abuelos no dejan de insistirle con el tema de la novia. ¿Tus padres no te dicen nada?
—Por supuesto que me insisten.
Isabel soltó una carcajada.

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