Isabel había regresado de su viaje de estudios. Días atrás, Leonardo le había insistido varias veces en organizar una cena de bienvenida para celebrar su retorno.
Así que, en lugar de avisarle a su familia, solo le dio los detalles de su llegada a él.
Ahora mismo, ambos se encontraban en un elegante restaurante de carnes.
En esos dos años, su relación se había estrechado considerablemente.
En el ámbito profesional, Leonardo le había dado consejos invaluables. Siempre había sido uno de los mejores de su clase y tenía muchos más años de experiencia. Sumado al apoyo incondicional de la familia Solís, el éxito de Isabel estaba garantizado.
Actualmente, ella se había posicionado en la cima de los casos de divorcio, y la lista de clientes que buscaban sus servicios era interminable.
Isabel cortaba su filete casi por inercia, con la mente a kilómetros de distancia. La imagen del hijo de Camila no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Ese niño era idéntico a su pequeño Mateo; si se lo hubiera topado en la calle sin Camila, habría jurado que era su propio hijo.
Pensándolo bien, la única diferencia notable era que el niño era ligeramente más bajo que Mateo, seguramente por tener un año menos.
—Isabel.
—Isabel...
Hicieron falta un par de llamados para que ella saliera de su ensimismamiento.
—Perdona, Leonardo, me distraje.
Con una sonrisa tierna, Leonardo deslizó su propio plato con la carne ya cortada hacia ella.
—Te vi tan perdida en tus pensamientos. Come esto, ya te lo corté.
—No es necesario, yo puedo hacerlo.
—Acabas de bajarte de un vuelo larguísimo y la comida de los aviones no es nada buena. Anda, cómetelo rápido.
Leonardo tomó el plato de Isabel y se lo puso enfrente.

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