—Tranquila, ya compré los boletos de regreso. Faltan más de tres horas para el vuelo. Vamos a comer algo y nos vamos.
Isabel suspiró aliviada.
Luego empezó a buscar por todas partes.
—¿Buscas tu teléfono?
—Sí.
—Cuando te rescaté, tu teléfono ya no estaba.
Isabel no tenía tiempo para enojarse con él, así que le pidió: —Préstame el tuyo. Necesito avisar en casa que estoy bien.
—Ya les avisé. Ve a lavarte la cara, te llevaré a comer algo.
De San Jacinto a Vancouver el vuelo duraba entre once y doce horas. Isabel había estado inconsciente todo el trayecto sin probar bocado.
Ahora realmente sentía hambre.
Así que salió con Fernando.
Para ahorrar tiempo, Fernando encontró un restaurante cerca del hospital.
Tras sentarse, Fernando pidió comida ligera y fácil de digerir.
Fue entonces cuando Isabel empezó a indagar qué había pasado.
—¿Por qué estabas en Vancouver?
—Vine a investigar unas cosas. Javier no podía contactarte y le pidió ayuda a Andrés Serrano. Descubrieron que te habían subido a un vuelo hacia acá. Por suerte, como yo ya estaba en Vancouver, intercepté a Leonardo en el aeropuerto.
Isabel frunció el ceño.
Que Leonardo la recogiera, subir a su auto y beber su café... todo fue porque confiaba en él.
Incluso le había dejado claro en el auto que no habría nada entre ellos.
Era imposible que tuvieran una relación.
Pero jamás imaginó que, desde el instante en que fue a buscarla, su intención era secuestrarla.
Había estado dormida muchísimo tiempo.

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