—Isabel, te lo ruego, ¡déjame ver a Felipe! ¡Te juro que solo lo veré un minuto y me iré!
Camila tenía el rostro bañado en lágrimas.
Isabel, con un inmenso dolor en el pecho, le recriminó: —Me robaste mi derecho a ser su madre, y después de criarlo todo este tiempo, ¿te lo quieres quedar para siempre? ¡Es mi hijo!
Camila, con la voz quebrada, replicó: —¿No escuchas cómo llora de angustia? Solo déjame verlo. Si me permites verlo, ¡haré lo que tú me pidas!
—No necesito que hagas nada, ¡solo quiero que te alejes de él para siempre!
—Isabel —Camila se aferró al pantalón de Isabel, suplicando entre llantos—. Lo que siento por Felipe es sincero, lo he tratado de maravilla, jamás le faltó nada. Isabel, te lo imploro, déjame verlo solo una vez.
Isabel retrocedió un par de pasos.
Desde el interior de la mansión seguía escuchándose el llanto desconsolado del pequeño.
A Isabel se le estrujaba el corazón de dolor.
Pero sabía que no podía ceder.
Sacó su celular y marcó al 911.
—¿Hola? ¿Emergencias? Una mujer está intentando secuestrar a mi hijo.
—Isabel, ¿llamaste a la policía?
Camila se puso de pie rápidamente.
Ella solo quería ver a Felipe, pero Isabel había cruzado la línea.
Isabel dictó la dirección y colgó la llamada.
—¿Crees que me asusta que llames a la policía? Cuando lleguen y vean que Felipe me reconoce a mí, ¿crees que te van a creer?
—¿Y acaso la policía no le va a creer a una prueba de ADN? ¿No le van a creer a las pruebas de que ustedes dos me robaron a mi bebé el día que nació?
Camila se mordió el labio inferior con fuerza.
En el pasado, Isabel siempre había sido sumisa y débil frente a ella.
Pero ahora mostraba una firmeza implacable.
—¡Isabel, eres una desgraciada!
Esa actitud solo convenció más a Isabel de que debía proceder con la demanda cuanto antes.

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