—Abogada Cárdenas, le enviaré la información de inmediato. Con permiso, la dejo para que se acomode.
En cuanto el director Valdés cerró la puerta, Isabel llamó inmediatamente al asistente Arce.
—Asistente Arce, ¿qué está pasando aquí en el despacho? ¿No me habías dicho que el lugar estaba vacío?
—Cuando se hizo el traspaso sí estaba vacío, señora. Pero el Señor Montero no quería que usted tuviera que batallar con toda la logística inicial. Se encargó de solucionar todo personalmente. ¿Ya fue a las oficinas hoy, señora?
—Sí.
Isabel no podía creer que Fernando hubiera dejado absolutamente todo preparado para ella.
—Le deseo mucho éxito en esta nueva etapa.
—Gracias.
—Es un placer. Si no necesita nada más, me despido.
—Espera —lo interrumpió Isabel—. Todo este equipo e infraestructura inicial debió costar bastante. Haz un cálculo del monto y pásamelo, te depositaré el dinero.
No quería estar en deuda con Fernando.
Ni quería seguir enredada en sus atenciones.
—Este... —el asistente Arce dudó por un momento—. Todos los arreglos los hizo directamente el Señor Montero, yo no tengo la cifra exacta. ¿Por qué no lo habla directamente con él?
Isabel sabía que no sacaría nada presionando a Arce.
—De acuerdo, entiendo.
Apenas cortó la llamada, Lorenzo Arce se comunicó rápidamente con Fernando.
—Señor Montero, su esposa fue al bufete. Al ver que todo estaba operando, me pidió que le cotizara los gastos porque quiere pagarle.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que usted se encargó personalmente de todo y que desconozco las cifras, que tendría que hablarlo directamente con usted.
—Bien hecho.
Había sido el mismísimo Fernando quien había orquestado cada detalle.
Cuando estaban juntos, él siempre se había opuesto rotundamente a que ella trabajara.
Y luego, cuando Sara Solís la despidió del bufete de su familia, ella se quedó sin empleo. Él pensó que los trámites legales de los Solís tomarían una eternidad, pero se resolvieron en un abrir y cerrar de ojos.
En teoría, ella podría haber regresado sin problemas a trabajar con los Solís.

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